“La mujer contemporánea, deseosa de poder participar con poder de decisión en las elecciones de la comunidad, contemplará con íntima alegría a María que, puesta a diálogo con Dios, da su consentimiento activo y responsable no a la solución de un problema contingente, sino a la ‘obra de los siglos’, como se ha llamado justamente a la Encarnación del Verbo; se dará cuenta de que la opción del estado virginal por parte de María, que en el designio de Dios la disponía al misterio de la Encarnación, no fue un acto de cerrarse a algunos valores del estado matrimonial, sino que constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios; comprobará con gozosa sorpresa que María de Nazaret, aun habiéndose abandonado a la voluntad de Dios, fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisa o de religiosidad alienante, antes bien fue la mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo (cf. Lc. 1, 51-53); reconocerá en María, que “sobresale entre los humildes y pobres del Señor” (LG. 55) una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huída y el exilio (cf. Mt. 2, 13-23); situaciones todas éstas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad; y no se le presentará María como una madre celosamente replegada sobre su propio Hijo divino, sino como una mujer que con su acción favoreció la fe de la comunidad apostólica en Cristo (cf. Jn. 2, 1-12) y cuya función maternal se dilató, asumiendo sobre el Calvario dimensiones universales” (PABLO VI, Marialis cultus 37).