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El lema de la Fiesta de la Virgen del Carmen este año reza así: “La fe es nuestra fortaleza”. Naturalmente me toca de lleno porque la misión del obispo –como bien sabéis- es custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios. También, por tanto, de la gran familia marinera.

Ayudar a descubrir la alegría de la fe y el gozo de ser amados personalmente por Dios, es el desafío que tenemos por delante cuantos creemos en Cristo Jesús. Porque creer consiste sobre todo en abandonarse en manos de un Dios que nos conoce y que nos ama personalmente. No podemos vivir una fe lánguida, mortecina. Hemos de alimentarla para que recobre nuevo vigor: con la lectura meditada de la Palabra de Dios, con la frecuencia de los sacramentos, descubriendo al Señor en nuestros hermanos, especialmente en los más débiles y desvalidos. Así encontraremos nuestra fortaleza en la fe y no en los logros humanos, las posesiones y las tecnologías.

Ahora bien, no podemos conformarnos con vivir la fe en solitario, de una manera individualista, porque eso sería una muerte anunciada. Contemos a los demás que tenemos mucha suerte creyendo en Jesucristo, que Él es la mejor lotería que nos ha podido tocar. Que nos abre horizontes de eternidad, que nos transforma por dentro, ayudándonos a romper ataduras y regalándonos la verdadera libertad, la libertad de los hijos de Dios. Nadie hay más libre que el que, por amor, sirve sacrificándose a los hermanos.

Reconocemos que, gracias a vuestro duro trabajo y a los sacrificios que realizáis, hacéis más agradable nuestra vida. Y bien sabemos que frecuentemente tenéis que vivir vuestra fe lejos de vuestros hogares y de vuestras parroquias. Lejos de vuestras esposas, de vuestros hijos y amigos. No dejéis la tarea de transmitir la fe en Jesucristo a vuestros hijos e igualmente vuestra entrañable devoción a la Virgen del Carmen. Es la mejor herencia que les podéis dejar.

Estad seguros. Nuestra Madre del Carmen, como Madre de todos, es modelo de fe y signo de esperanza para todos. Ella nos acompaña por el camino de la vida y con su cariño materno abre nuestros corazones a la fe y al amor de Dios. Cristo, clavado en la Cruz le dijo a María: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Estas palabras pronunciadas por el Señor a modo de testamento, convierten a María en la Madre de todos los seres humanos y en la gran intercesora de todos sus hijos. No somos huérfanos: Dios es nuestro Padre y María nuestra Madre.

Con mi recuerdo orante para quienes han perdido su vida en el mar, finalizo esta carta con un fragmento de la oración que el papa Francisco dedica a la Santísima Virgen, Estrella de los mares, en su Exhortación Apostólica ‘La alegría del Evangelio’:

“Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz. Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya”.

Con mi afecto y bendición,

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

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