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Queridos diocesanos y especialmente queridos hombres y mujeres de la gran familia del mar:

La fiesta de la Virgen del Carmen, vuestra Patrona tan querida, es una buena ocasión para comunicarme con todos vosotros, con tantas familias que os desenvolvéis en el entorno de la pesca y de las industrias navieras.

Acaba de publicar el papa Francisco la carta encíclica ‘Laudato si’ sobre el cuidado de la creación, nuestra casa común. Y a la Virgen la invocamos como Reina y Señora de toda lo creado en uno de los misterios del Rosario. Como hijos suyos debemos asumir el encargo sagrado de custodiar la creación. Desde la continuidad con el anterior Magisterio de la Iglesia, la encíclica profundiza el compromiso del magisterio social proponiendo una ecología integral, que incorpora claramente las dimensiones humanas y sociales en el marco del desarrollo humano integral y sostenible del que ya habló Benedicto XVI.

Por otra parte, no podemos olvidar que el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más pobres de la tierra. Nuestra Madre del Carmen, como Madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos y personas que en medio de tantos sufrimientos esperan que se viva en plenitud la fraternidad como garantía de la justicia. Ella está pendiente de nosotros y nos acompaña por la vida, y con su cariño materno derrama incesantemente su amor misericordioso, abriendo nuestros corazones a la fe y al amor de Dios. Cuando Cristo, colgado en la Cruz, sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de su Madre. Y antes de dar por consumada la misión que el Padre le había encomendado, Jesús le dijo a María: “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Estas palabras pronunciadas por el Señor a modo de testamento, convierten a María en la Madre de todas los seres humanos y en la gran intercesora de todos sus hijos. Dios es nuestro Padre y María nuestra Madre. Dice el Papa: «María, la madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido. Así como lloró con el corazón traspasado la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano. Ella vive con Jesús completamente transfigurada, y todas las criaturas cantan su belleza. Es la Mujer “vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1). Elevada al cielo, es Madre y Reina de todo lo creado. En su cuerpo glorificado, junto con Cristo resucitado, parte de la creación alcanzó toda la plenitud de su hermosura. Ella no sólo guarda en su corazón toda la vida de Jesús, que “conservaba” cuidadosamente (cf Lc 2, 19.51), sino que también comprende ahora el sentido de todas las cosas. Por eso podemos pedirle que nos ayude a mirar este mundo con ojos más sabios». (Laudato si, nº 241)

Se va a celebrar aquí en Santander durante los primeros días de septiembre la Asamblea Nacional del Apostolado del Mar. Es una oportunidad para que demos un nuevo impulso a este apostolado en nuestra diócesis. Toda la familia marinera ha de estar muy unida, remando todos al unísono y en la misma dirección y respondiendo cada día mejor al compromiso cristiano. Somos conscientes de que quienes trabajan en el mar, tienen una vida sacrificada y llena de riesgos, no siempre bien valorados.

Deseamos que los Organismos del Estado, de la Comunidad Autónoma y de la Comunidad Europea garanticen las condiciones de un trabajo digno, más humano y debidamente remunerado a todos los marineros.

Con mi recuerdo orante para quienes han perdido su vida en el mar, finalizo esta carta con un fragmento de la oración que el papa Francisco dedica a la Santísima Virgen, Estrella de los mares, en su Exhortación Apostólica ‘La alegría del Evangelio’: “Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz. Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ruega por nosotros. Amén. Aleluya”.

Con mi afectuoso saludo y bendición,

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

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