CELEBRACIÓN DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN (Domingo 16 de abril)

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En la mañana de Pascua, una mujer, movida por el amor, acude al sepulcro. Sabe que no puede mover la piedra, pero eso no le detiene. Es consciente de su fragilidad y de la desproporción de la tarea, pero esa lucidez no apaga el incendio de su compasión, ni hace su amor menos obstinado.

►Escuchar y acoger la Palabra
“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro, se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos. (Jn 20, 1-9)

►Pensar la Palabra
Hay en la mañana del “primer día de la semana” un camino: el de quienes, entonces y ahora, echan a andar “todavía a oscuras” y se acercan a los lugares de muerte para intentar arrebatarle a la muerte algo de su victoria. Saben que no pueden mover la piedra pero eso no les detiene. Quizá no viven todo eso desde la plenitud de la fe, ni le ponen el nombre de esperanza a sus pasos vacilantes en la noche. Pero hacen ese camino abiertos al asombro, apoyados en el recuerdo de palabras que prometen vida, dispuestos a dejarse sorprender por una presencia oscuramente presentida.
Es la primera mañana de la nueva creación y las tinieblas del caos primitivo están a punto de dejar paso al resplandor del lucero de la mañana: se han llevado del sepulcro al Señor…
“Los evangelios de la resurrección son una respuesta a las preguntas de la comunidad primitiva: ¿Dónde está el Señor resucitado? ¿Cómo ponerse en contacto con él? Las respuestas son diversas: está en medio de la Iglesia; se le encuentra en la fracción del pan y en la misión confiada a los suyos; camina con los discípulos cuando los ve tristes y abatidos; dirige la pesca de la Iglesia en el mundo. Todas ellas son otras tantas señales ofrecidas a sus discípulos para orientarse en las encrucijadas del mundo nuevo, donde ya no se ve al Señor con su cuerpo terreno, sino que se le encuentra en cualquier parte, como lo muestran las narraciones pascuales” (Francesco Rossi de Gasperi, en La roca que nos ha engendrado. ST. 199)

►Orar y contemplar la Palabra
Vuelve sobre la lectura del texto evangélico, contempla las reacciones de los distintos personajes y descubre, en cada uno ellos, ese movimiento de fe, y de esperanza aún en medio de la noche:
– María Magdalena representa el amor que va en busca del Amado; aún en medio de la oscuridad. Ella es la portadora del mensaje: se han llevado al Señor.
– Pedro, es el primero en entrar y constata que el sepulcro está vacío. Y de esa afirmación se nutre nuestra fe.
– Juan, el discípulo amado, capaz de intuir la profundidad de los signos, nos deja la prueba de su fe: Vio y creyó.

►Actuar desde la Palabra
El texto nos ofrece pistas para movilizar nuestra fe.
– Contemplo las distintas reacciones. ¿Y la mía? Quizá no vivo aún desde la plenitud de la fe en el resucitado, ni sé poner el nombre de esperanza a mis pasos vacilantes en la noche. Pero quiero hacer ese camino abierto al asombro, apoyado en el recuerdo de palabras que prometen vida, dispuesto a dejarme sorprender por una presencia oscuramente presentida. Mientras me llega el tiempo de creer, en plenitud, en la Escritura: Que Él ha resucitado de entre los muertos.