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LOS RELIGIOSOS DENTRO DE LA IGLESIA DIOCESANA

                                                                      Asamblea de Confer diocesana, 18-10-2015

  1. “Sois un don que el Señor hace a la Iglesia” (LG 43), universal y particular. Santander es una diócesis agraciada: vida contemplativa, religiosos, institutos seculares, vírgenes consagradas, nuevas formas de vida consagrada… Aunque no pertenece a su estructura jerárquica, es presencia del aspecto carismático de la Iglesia (cf. LG 44) y de la dimensión escatológica. Haciendo presente el modo de vivir de Jesús (pobreza, castidad y obediencia) representan un estilo alternativo de vida.
  2. Pertenecéis  a la Iglesia diocesana a la que enriquecéis con vuestros carismas y vuestro profetismo. La Iglesia diocesana es una convergencia de carismas, ministerios y funciones bajo la presidencia del obispo. Los consagrados forman parte constitutiva de ella, aportando sus carismas y su profetismo. Cultivar, pues, el sentido de pertenencia.
  3.  No hay un ámbito pastoral donde no haya una presencia significativa de religiosos: tareas parroquiales, escuela, hospitales, casas de espiritualidad, publicaciones, medios de comunicación, Cáritas, Cocina económica, Centro penitenciario, sida, etc…
  4. Conocer y llevar a la práctica el Plan pastoral diocesano

 

“UNA IGLESIA DIOCESANA  EN CONVERSIÓN Y EN SALIDA”:

  • “El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo: “Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación […] Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que  la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad” (UR, 6).  “Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin “fidelidad de la Iglesia a la propia vocación”, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo” (EG, 26).
  • “Hoy, en este “id” de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG, 20). “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27)

Todo esto desde 3 actitudes que reflejan estos 3 verbos:

 1.- Alegrar: Alegraos y contagiad alegría. “Donde hay religiosos, hay alegría. Estamos llamados a experimentar y a mostrar que Dios es capaz de colmar nuestro corazón y de hacernos felices, sin necesidad de que busquemos en otro lado nuestra felicidad; que la fraternidad auténtica que vivimos en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la Iglesia, de las familias, de los jóvenes, de los ancianos, de los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida” (Papa Francisco). Es una constatación y un reto. Vuestra alegría no vendrá de una decisión voluntarista ni de propuestas artificiales, sino de una convicción interna, profunda y humilde a la vez, de sorprenderos cada día al escuchar la voz de Dios para luego pregonarla desde los areópagos de este siglo XXI.

 2.- Despertar. “Despertad al mundo”. Primero tenéis que despertar vosotros, siendo profetas vigilantes. Un religioso nunca debe renunciar a la profecía. El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la que vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuando llega el alba (cf. Is 21, 11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre, no debe rendir cuentas a nadie más que a Dios, no tiene otros intereses sino los de Dios. Y por eso está generalmente de parte de los pobres y de los indefensos porque sabe que Dios está de su parte.

3.-Adorar. El papa Francisco dijo a los jóvenes consagrados el 17 de septiembre de 2015: “Sed hombres y mujeres de adoración”. Así se supera el narcisismo y la autorreferencialidad. Nunca el hombre es más grande que cuando está de rodillas ante Dios. Adorar a Dios es la máxima libertad: quien adora a Dios no puede adorar a nada ni nadie sobre la tierra. Adorar, proclamar la primacía de Dios, despierta, alegra y lanza en salida, ayuda a vivir en permanente estado de misión.

+Manuel Sánchez Monge,

Obispo de Santander

“DONDE HAY RELIGIOSOS HAY ALEGRÍA”. LA ALEGRÍA EN LA VIDA CONSAGRADA.

“Donde hay religiosos, hay alegría. Estamos llamados a experimentar y a mostrar que Dios es capaz de colmar nuestro corazón y de hacernos felices, sin necesidad de que busquemos en otro lado nuestra felicidad; que la fraternidad auténtica que vivimos en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la Iglesia, de las familias, de los jóvenes, de los ancianos, de los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida” (Papa Francisco). Cuando el papa Francisco afirma reiteradamente: “Donde hay religiosos hay alegría” expresa un deseo y una necesidad.

Vivimos en una ‘sociedad del cansancio’ que repercute también en los consagrados. En buena parte la alegría anhelada, la que centra en la misión, y ofrece una explicación luminosa de lo que significa darlo todo por el Reino, necesita un ‘nosotros’ expresivo y creíble.

Hay muchos frentes que amenazan la alegría de los consagrados: su vida resulta inútil si se mira con los ojos del mercado, pretender ofrecer respuestas eficaces puede producir vértigo, intentar dar vida a toda una red de presencias puede resultar agotador, las estructuras caducas, los procesos personales vividos con una notable independencia… Quizá recuperar la alegría –repartirla y extenderla-, sólo dependa de si se está dispuesto a renunciar y a perder. Nuestra alegría no vendrá de una decisión voluntarista ni de propuestas artificiales, sino de una convicción interna, profunda y humilde a la vez, de sorprendernos cada día al escuchar la voz de Dios para luego pregonarla desde los areópagos de este siglo XXI.

El mundo a quien nos dirigimos desde nuestra consagración a Dios nos necesita alegres. Lo que más valora y le interpela es descubrir personas alegres y felices que no se apoyan ni en tener, ni en mandar ni en comprar. Sí, nuestro mundo positivista y complejo, todavía sigue dispuesto a dejarse inquietar cuando algunos ofrecen con convicción su alegría que nace de la confianza en un Padre que se cuida del mundo.

También nosotros. Al igual que todos los otros hombres y mujeres, sentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la enfermedad, la pérdida de las fuerzas debido a la vejez. Precisamente en esto deberíamos encontrar la ‘perfecta alegría’, aprender a reconocer el rostro de Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, y sentir por tanto la alegría de sabernos semejantes a él, que no ha rehusado someterse a la cruz por amor nuestro” (Papa Francisco, Carta apostólica a todos los consagrados  con ocasión del Año de la Vida Consagrada, 15)

 Con libertad y pasión anuncian con las obras que “conocer a Jesucristo, con la fe, es nuestra alegría; seguirle es una gracia, y transmitir este tesoro a los otros es un mandato que el Señor nos ha entregado cuando nos ha escogido y nos ha llamado” (V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, Aparecida: documento conclusivo (2007) 15)

Los consagrados, mientras que, como todos, se plantean interrogantes, con fidelidad buscan en el Espíritu la autenticidad de la profecía. Se colocan en los márgenes de la historia para estar al lado de los pobres de pan, de sentido, de dignidad, de amor. Escogiendo el mundo de los excluidos, viven según la economía del don en el camino de la cruz, donde, con alegría y asombro, contemplan los signos de la resurrección de Jesucristo ya presentes en la vida de cada uno.

“Espero que despertéis al mundo”. (Papa Francisco, Carta apostólica a todos los consagrados con ocasión del Año de la Vida Consagrada, 19). Un religioso nunca debe renunciar a la profecía. El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la que vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuando llega el alba (cf. Is 21, 11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre, no debe rendir cuentas a nadie más que a Dios, no tiene otros intereses sino los de Dios. Y por eso está generalmente de parte de los pobres y de los indefensos porque sabe que Dios está de su parte.

Ojalá pudiéramos hacer nuestra esta exigente invitación de Luis Espinal:

“Señor, triunfador de los siglos;

quita todo rictus de tristeza de nuestros ojos.

No estamos embarcados en un azar;

la última palabra ya es tuya.

Más allá del crujir de nuestros huesos,

ya ha empezado el ‘Aleluya’ eterno.

Que la mil gargantas de nuestras heridas

se sumen ya a tu salmodia triunfal”

(Luis Espinal, Oraciones a quemarropa, “Cristo glorioso”, 93-94)

La fraternidad alimenta nuestra alegría.

Ya lo canta el salmo 133: “Qué bueno y qué gozoso habitar juntos los hermanos”. De las primeras comunidades cristianas se dice: “Y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (Hech 2,46). El papa Benedicto XVI recordaba: “Quisiera mencionar un tercer elemento para entrar en la alegría del amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de nuestras comunidades la comunión fraterna. Hay un vínculo estrecho entre la comunión y la alegría. No en vano san Pablo escribía su exhortación en plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular, sino que afirma: “Alegraos siempre en el Señor” (Fil 4.4). Sólo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar la alegría” (BENEDICTO XVI, Mensaje para la 27 Jornada Mundial de la Juventud 2012).

La vida comunitaria no son fundamentalmente estructuras, sino relaciones. Por eso para mejorar nuestras comunidades hemos de fortalecer y enriquecer nuestras relaciones. La vida de comunidad es para la misión, pero no sólo para la misión: oramos unidos, compartimos proyectos, alegrías y sufrimientos, nos perdonamos, nos cuidamos mutuamente

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