DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO (Día 30 de julio)

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Las parábolas que vienen a continuación: el tesoro escondido y el comerciante en perlas finas, son otro modo de afirmar lo que ya Jesús dijo en el Sermón del Monte: No podéis servir a Dios y al dinero. Si hemos optado, de verdad, por el Reino de Dios, lo primero que hay que hacer es vender todo, por ese tesoro y lo que representa.

►Escuchar y acoger la Palabra

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: ‘El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo, el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a una red que echan en el mar y recoge toda clase de peces; cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?’ Ellos le contestaron: ‘Sí’. El les dijo: ‘Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo” (Mateo 13, 44-52)

►Pensar la Palabra

En las parábolas que acabamos de leer y celebrar en este domingo, vemos cómo Jesús entiende de las búsquedas humanas y de qué es lo que nos identifica a cada uno: qué valoramos, por qué cosas somos capaces de dar todo, qué es lo absoluto y qué es insignificante y caduco. La parábola nos pone de manifiesto el significado de una experiencia: encontrar, llenarse de alegría, y actuar en consecuencia. El Reino es cotidiano y sorprendente, acontece en medio de nuestro vivir diario. Y la consecuencia de haberle encontrado, con lo que de verdad merece la pena, es un cambio total de intereses. La alegría desbordante que produce el tesoro encontrado sólo deja lugar a una decisión: conseguirlo a cambio de lo que sea.

►Orar y contemplar la Palabra

Leo despacio el texto evangélico de nuevo. ¿Lo entiendo algo más?
Jesús se dirige a mí y me pregunta: ¿Descubres en tu quehacer, en tus relaciones, en tu vida señales de la presencia del Reino?
– Vuelvo al texto y doy vueltas en mi corazón a estas palabras: al encontrar algo de gran valor… ¿siento la fuerza interior, manifestada en la alegría, el desprendimiento, en la decisión que me lleva a dejar todo por adquirir-lo?
– Durante la semana voy a pedir que la Palabra de Jesús, esta Palabra leída el domingo, entre en mi vida de verdad, y me sorprenda por su novedad.
– Puedo recitar, en mis tiempos de más serenidad, en esta semana, el Padrenuestro, pidiendo, como si lo hiciese por primera vez: venga tu Reino, venga a nosotros tu Reino. Quiero optar por ese Reino de Dios que se manifiesta en la justicia, en la verdad, en el amor.

►Actuar desde la Palabra

Señor, quiero comprometerme, cada día, a buscar en mi interior aquello que de verdad me hace feliz, aquello que me hace más persona, aquello que me identifica con Jesús y con su Evangelio. Concédeme escuchar en mi corazón la llamada a ser dichoso y feliz.
Señor, quiero comprometerme a descubrir el tesoro, a encontrar la perla, esa perla de gran valor que se esconde en lo cotidiano de la vida, esas semillas del reino que nos llenan de alegría y nos impulsan a dejarlo todo por aquello que tiene valor de absoluto.

¡Venga tu Reino, Señor!