DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO (19 de agosto)

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  • Leer y acoger la Palabra

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’. Disputaban los judíos entre sí: ‘¿Cómo puede este darnos a comer su carne?’ Entonces, Jesús les dijo: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre. (Jn 6, 51-58)

  • Meditar la Palabra

El discurso del “pan de vida”, en este tercer domingo consecutivo, ofrece su pleno sentido eucarístico. Continúa, Jesús, su catequesis con las palabras que ya conocemos: Yo soy el pan vivo… pero ahora introduce nuevos elementos, el pan se convertirá en carne y añade el beber la sangre: el que come mi carne y bebe mi sangre, ése tendrá vida y más aún: habita en mí y yo en él. Lo que domina ahora es el lenguaje eucarístico, sacramental. Todo el contexto de esta lectura posee una fuerte relación con las fórmulas de los sinópticos en la última cena: Tomad, comed,  éste es mi cuerpo…  Éste es mi cáliz, bebed todos de él, porque  esta es la sangre de la Alianza, que va a ser derramada por muchos para perdón de los pecados (Mt 26, 26)

Este es el alimento de la comunidad. Estamos llamados a vivir con Dios en la intimidad de nuestro ser hasta ser ‘poseídos’ por su Espíritu.

  • Orar y contemplar la Palabra

-Aquí me tienes, Señor, tal como soy, tal como estoy…así me presento, con mi hambre y mi sed de felicidad y de vida plena.

Te pido, Señor,  la gracia de sentir y gustar la experiencia eucarística de: participar ya de la vida en plenitud  y sentirme habitado por tu presencia, haciendo vivas, en mí, estas palabras: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. En cada Eucaristía deseo hacerme consciente de esta palabra.

Leo de nuevo el texto completo y me quedo en oración contemplando: Jesús en persona prepara un banquete donde no falta el pan y el vino que es su misma persona, simbolizada en la carne y en la sangre. Tanto el pan como el vino, para que vayan de la tierra a la mesa, necesitan del trabajo humano. Jesús se presenta como el Pan Vivo. Como el agua y el pan dan vida, así Jesús nos da vida.  Él tiene la capacidad de satisfacer las necesidades más profundas. Quien se alimenta de Jesús entra en comunión profunda con Él y a través de Él con el Padre y con toda la humanidad.

Gustad y ved que bueno es el Señor, dice el salmo de este domingo. El creyente saborea y gusta la presencia de Dios en todas sus criaturas. Pero los seres humanos están necesitados de alimento, de cobijo, de amor, relaciones, verdad, sentido, esperanza…necesitan un futuro absoluto, una gran esperanza que sobrepase toda esperanza particular.  Y sólo Jesús tiene la capacidad de satisfacer las necesidades humanas más profundas.

Termino la oración pidiendo una vez más: Señor, danos siempre de este pan que nos ofrece la vida y la felicidad. Gracias, Señor, por ser tú quien calme nuestra hambre y nuestra sed.

  • Actuar desde la Palabra

Que la comunión del Pan de Vida me comprometa a dar vida a los hermanos, entrar en comunión con toda la humanidad.