DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (16 de septiembre)

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  • Leer y acoger la Palabra

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Ellos le contestaron: ‘Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros,  uno de los profetas’ Él les preguntó: ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ Pedro le contestó: ‘Tú eres el Mesías’ Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y  letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces, Pedro, se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: ‘¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como  Dios!’. Después llamó a la gente y  a sus discípulos, y les dijo: ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará(Marcos 8,27-35)

 

  • Meditar la Palabra

Este relato de Marcos está situado en un punto central  del camino hacia Jerusalén. Después de un tiempo de convivir con él, Jesús hace a sus discípulos una pregunta decisiva: ‘¿Quién decís que soy yo? En nombre de todos, Pedro le contesta sin dudar: ‘Tú eres el Mesías’. Por fin parece que todo está claro. Jesús es el Mesías enviado por Dios y los discípulos lo siguen para colaborar con él. Jesús sabe que no es así. Todavía les falta aprender algo muy importante. Es fácil confesar a Jesús con palabras, pero todavía no saben lo que significa seguirlo de cerca compartiendo su proyecto y su destino. Marcos dice que Jesús ‘empezó a instruirlos’. No es una enseñanza más, sino algo fundamental que los discípulos tendrán que ir asimilando poco a poco. La pregunta de Jesús se dirige también a nosotros, a mí: Y tú, ¿quién dices que soy yo? La respuesta de fe debe incluir la cruz; admitir que la salvación de Cristo pasa por la cruz, que Dios está acompañando y confortando todo sufrimiento, como se expresa en la primera lectura de este domingo, y que la fe tiene que manifestarse, además, en el amor práctico. Las obras hablan de quiénes somos y en qué creemos. Las palabras de Pedro son solo palabras sino van acompañadas por una opción de vida, como demuestra la segunda parte del texto: ‘¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como  Dios!’. “¡Pensar como Dios! ¿Qué puede ser más acertado que pensar como Dios? Pensar como Dios para salvar la vida, para hacerla más útil y sobre todo más feliz. Y, por el contrario, no pensar como Dios, buscar otro guía, fiarse de otros criterios. Terrible peligro, echar a perder la vida, equivocar el camino”.

      > Orar y contemplar la Palabra

Comienzo la oración pidiendo al Señor la gracia de entender esta Palabra de Jesús, tan llena de significado para el cristiano, con el deseo de ser instruido por la vida de Jesús para llegar a pensar como Dios.

Leo de nuevo el texto y voy desentrañando el sentido del texto y su comentario. Descubro cómo Jesús se desvela y va mostrando el camino. Yo también estoy llamado a hacer el camino hacia Jerusalén que pasa por confesar a Jesús como el enviado del Padre, asumir su proyecto de vida y seguirle con toda nuestra existencia, aceptando la novedad que Jesús trae, su evangelio: quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

 

  • Actuar desde la Palabra

Señor cada día quiero confesar: Tú eres el Mesías, y que esa confesión comprometa toda mi vida y pueda llegar a pensar como Dios