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El Bautismo de Jesús: Un gesto de humildad

                                                          Homilía en la Catedral, Santander 10.01.2016

Queridos hermanos en el Señor: Os deseo la gracia y la paz de Jesucristo, el Señor.

El Segundo libro de los Macabeos dice del malvado rey Antíoco IV, perseguidor de los judíos: “creyendo en su orgullo y por la arrogancia de su corazón que haría la tierra navegable y transitable el mar” (2 Mac 5,21). El orgullo hace creer en quimeras y la arrogancia del corazón lleva a imaginar lo imposible. Hoy tenemos abundantes pruebas de esto.

  1. Jesús bautizará con Espíritu Santo y fuego

La actitud de Jesús, al acercarse al Jordán para ser bautizado por Juan es, justamente, la contraria. “Cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado” (Lc 3,21). Entre la multitud expectante, que se preguntaba sobre la posibilidad de que Juan fuese el Mesías, se aproxima Jesús para participar en un bautismo de conversión.

Cuando llega el momento de comenzar su vida pública, Jesús no realizará nada  espectacular. No convocará ruedas de prensa ni hará grandes declaraciones. Se presenta como uno más de aquel pueblo (aunque su hogar era la humanidad entera), como uno más entre aquellos pecadores (aunque El no conoció pecado), como uno más de aquellos que oraban al Dios buscado (aunque El era una sola cosa con el Padre). Aparentemente nada especial, pero allí estaba todo en esa triple solidaridad de Dios que se une sin ceremonias a un pueblo, que aparece como un pecador, que tiene necesidad de orar. Y triple será también la respuesta del Padre: abrirá los cielos, bajará el Espíritu, se escuchará la confesión de un amor predilecto.

Ante un Jesús que se suma a la cola de los pecadores, Juan identifica su actividad: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16). Juan es un hombre honesto. Reconoce que ni siquiera es digno de desatar la correa de las sandalias de Jesús. El gesto de desatar la correa de las sandalias lo realizaba el siervo más humilde ante la presencia de su señor.

Pero el bautismo de Juan para la conversión, sufrirá una doble superación: la que se refiere al tipo de bautismo y la que se refiere a la persona que bautiza. El bautismo Jesús ya no es “con agua”, sino “con Espíritu Santo y fuego”. El que bautiza ya no es Juan que no merece desatar la correa de las sandalias de Jesús. Ahora es el Señor, el “más fuerte”.  Asistimos a la transición entre un tiempo que acaba, representado por Juan, y el nuevo tiempo, inaugurado por Jesús. San Lucas dibuja una escena memorable marcada por detalles muy peculiares: “Mientras oraba”. Para san Lucas la oración es decisiva. Todos los grandes momentos de la vida de Jesús están señalados por la oración: su nacimiento, el bautismo, el comienzo de su ministerio, la elección de los Doce, el sermón de la llanura, la confesión de fe de Pedro, la transfiguración, la enseñanza del Padrenuestro, la pasión, la crucifixión y la muerte.  Mientras oraba “se abrieron los cielos”. Con razón escribía Santa Teresa del Niño Jesús: “Para mí, la oración es el impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo”.

  1. “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”

Cuando Jesús ora se abren los cielos, porque se restablece la comunicación entre la tierra y el cielo. Los judíos pensaban que, tras la muerte del último profeta, los cielos estaban cerrados. Ya no había contacto entre Dios y los hombres. Con Jesús y en Jesús la comunicación se vuelve fluida. Los cielos se abren.

“Bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma”. En la presentación de Jesús en Nazaret, el Señor lee el pasaje del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4,17). Se trata de una presencia característica y única. Y “vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”. Restablecido el contacto entre el cielo y la tierra, se puede escuchar la voz del Padre que reconoce al Hijo en su gesto de profunda humildad, y le expresa su amor y complacencia.

  1. El bautismo de Jesús y nuestro bautismo

Nuestro bautismo no ha sido un bautismo sólo con agua como el de Juan Bautista. Nosotros hemos sido bautizados con agua y con el fuego del Espíritu. No sólo nos purificó de nuestros pecados, sino que nos renovó totalmente: nuestro bautismo ha sido un morir  y resucitar con Cristo, un morir al hombre viejo para ser nuevas creaturas. Nuestro bautismo nos ha hecho “hijos en el Hijo”. Esa experiencia de sentir a Dios como Padre, salvadas las legítimas diferencias, no es un privilegio de Jesús. Hasta cierto punto también nosotros nos sentimos envueltos en el amor de Dios, experimentamos su ternura, su protección, podemos vivir confiados en el El.

Y nuestro bautismo también nos ha hecho compartir la misión de Jesús. Como él tenemos que implantar el derecho en las naciones, tenemos que pregonar con palabras y obras la buena noticia de que somos hijos de Dios. Pero lo haremos como Jesús sin imponernos por la fuerza, valorando lo pequeño, lo débil, lo que no cuenta a los ojos del mundo. Cristo necesita nuestras manos para seguir creando, compartiendo y sirviendo; nuestros pies para ir en busca de los pródigos de nuestro tiempo, para abrir nuevos caminos, nuestro corazón para seguir amando, para construir la nueva civilización del amor. Para todo esto hemos sido ungidos con la fuerza y el fuego del Espíritu. De nosotros, como de Jesús, también tendría que poder hacerse ese balance final: “un ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él” (2ª lectura).

                                         +Manuel Sánchez Monge,

                                            Obispo de Santander

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