FIESTA SANTÍSIMA TRINIDAD (27 de mayo)

53

 

En este texto de Moradas, Teresa nos habla de su experiencia de comunicación del misterio de Dios-Trinidad: aquí se le comunican todas tres personas. Le pedimos que ella nos introduzca en ese entender y saborear la presencia interior que nos habita

“Aquí se le comunican todas tres personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el evangelio que dijo el Señor: que vendría él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos. ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son!… notoriamente ve, de la manera que queda dicho, que están en lo interior de su alma, en lo muy muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras, siente en sí esta divina compañía. (7M 1, 7)

 

 Escuchar y acoger la Palabra

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: ‘Se me ha dado pleno  poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’. (Mt. 28, 16-21)

 

►  Iluminar la Palabra

La lectura que nos ofrece la liturgia de este domingo es el final del evangelio de Mateo. Se trata de una nueva aparición a los once, que Mateo sitúa en un monte de Galilea. Los once llegan a este lugar invitados a una cita. Al verlo se postraron, señala el evangelista y enseguida la palabra de Jesús que, por el poder recibido, les envía en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Los discípulos pueden rememorar las distintas experiencias vividas en el monte: el sermón del monte, lugar de las bienaventuranzas, el monte de la transfiguración… La montaña constituye el lugar bíblico adecuado para la revelación de Dios y para la manifestación del Resucitado. Este Dios que es vida de comunidad y relación, como expresa Jesús: Padre, Hijo y Espíritu y que nos invita a esta relación de amor, comunicándose como Padre, invitándonos a vivir la experiencia de hijos en la fuerza del Espíritu. También, en este monte, tiene lugar el envío definitivo. Les invita a formar un nuevo pueblo, bautizándolos, y enseñándoles todo lo que ellos han recibido de Jesús. Termina el texto con la promesa de la presencia del resucitado en la comunidad: sabed que yo estoy con vosotros todos los días. Lo mismo que Yahvé acompañó siempre al pueblo de la promesa, también ahora Cristo resucitado conduce  hacia la plenitud final a su Iglesia, con el aliento vivificador del Espíritu.

 

Orar y contemplar la Palabra

La liturgia de este domingo nos invita a entrar en el misterio de Dios. Este Dios que es Padre-Madre y que se nos ha mostrado también como Hijo, hecho hombre, y como Espíritu que guía nuestro caminar.

Puedo comenzar la oración haciendo la señal de la cruz pronunciando despacio: en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Hago un acto de fe en este Dios diciendo desde el fondo de mi corazón: creo y confío. Dios es mi Padre, nos hace comunidad de hermanos; Dios es mi hermano mayor que ha entrado en nuestra historia para hacerse un Dios cercano, en Cristo Jesús, compañero de camino; Dios es Espíritu que me guía, me renueva y me lleva a la plenitud del amor.

Dios se revela a los pequeños. Creo y confío

Contemplo este misterio que me habita: Hechos “a imagen y semejanza de Dios” estamos llamados a ser imagen de la Trinidad viviendo trinitariamente: como hijos, en confianza y docilidad; como hermanos, en amistad y servicio; con la fuerza del Espíritu que nos ofrece la plenitud de sus dones renovándonos por dentro. Señor, creo y confío.

Compartir
Artículo anterior
Artículo siguiente