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PERFIL ESPIRITUAL DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Con mucho gusto he aceptado la invitación que me han hecho los PP. Jesuitas de nuestra ciudad para compartir con ellos la fiesta de su Fundador, San Ignacio de Loyola. Y creo que es ésta una buena ocasión para agradecerles el trabajo pastoral en diversos órdenes de cosas que vienen realizando entre nosotros desde hace tiempo y que siguen realizando hoy.

San Ignacio es una figura señera de la espiritualidad en la Iglesia católica. También en la actualidad nos invita a centrar nuestra atención en algunos rasgos de su perfil espiritual. Destaco tres.

  1. Cristocentrismo

Toda la experiencia ignaciana está enraizada y fundada en un amor personal a Jesucristo. El pudo decir con san Pablo: Cristo Jesús tuvo compasión de mí…, se fió de mí…, me confió el ministerio” (1 Tim. 1,12). Jesucristo es el centro, el motor, la razón de ser de todo el que ha realizado una experiencia seria de Ejercicios Espirituales. Vivir este inmenso amor a la persona de Cristo es el rasgo fundamental de nuestro modo de proceder. La petición insistente de los Ejercicios es conocer mejor a Jesús, para poder amarlo más a fondo y seguirlo así más de cerca

Conocer, amar y seguir a Jesús, estos tres pasos en ese orden, son fundamentales para poder encontrar esa fuente de agua fresca donde saciar tanta sed de justicia, de libertad, de amor y de amistad como tiene nuestro mundo. Ansias justas y genuinas de tanta gente que busca ser feliz, pero que en el día a día siente el peso de la frustración, el desaliento y la incertidumbre. Es aquí donde la experiencia ignaciana ayuda a descubrir a ese Cristo liberador, vivificante y tierno, único Mesías, fuente de vida, de amor, de libertad y de justicia, que me ama profundamente y cuya única preocupación es mi felicidad y la de mis hermanos. Los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio pretenden ayudar en una opción fundamental en el camino de la vida como se ve de un modo especial en la meditación de las dos banderas, elegir la vida y el bien o la muerte y el mal. Y elegir la vida es elegir al Señor amándole, escuchándole, adhiriéndonos a El” (Dt. 30, 15-20)

  1. “En todo amar y servir”

Es muy difícil, y a veces injusto, querer resumir toda una espiritualidad en pocas palabras. Sin embargo, el mismo S. Ignacio ha mostrado su preferencia por algunas palabras que expresan lo más profundo de su corazón. Ignacio prefiere la palabra ‘servir’ para indicar la plena disponibilidad en el seguimiento de Jesucristo. Debemos “servir mucho a Dios nuestro Señor por puro amor” (EE 370) y toda nuestra vida no tiene otro significado que “amar y servir en todo a Dios nuestro Señor” (EE 363). “Pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad” (EE 233)

Sólo contemplando a Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir y que, como Mesías, ha tomado voluntariamente la forma de siervo (Fil 2,7) se puede entender el sentido humano y la plenitud divina del servicio.

Ignacio, que conoce el servicio interesado en las cortes de los grandes de este mundo, no concibe el servicio fuera de un amor personal entre el Señor y el hombre creado por amor y salvado por un amor más grande. Ante la pregunta que Jesús formula en el Evangelio: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Ignacio respondió como Pedro, “el Mesías de Dios” Servir en todo, servir libremente, servir por puro amor: “Sobre todo se ha de estimar el servir mucho a Dios nuestro Señor por puro amor” (EE 233)

¿Qué debemos hacer para servir a Dios? Ignacio no nos proporciona una lista de servicios sino que propone servir a Dios ‘en todas las cosas’, con lo cual nos habla de una disponibilidad amorosa que se puede concretar en diversidad de vocaciones. Es necesario el discernimiento con la ayuda del Espíritu para descubrir en qué quiere el Señor que le sirvamos.

  1. Amor a la Iglesia

Su amor por el Señor crucificado y resucitado encuentra su expresión en su amor a la Iglesia. No es que ignore las debilidades de los pecadores que también forman parte de la Iglesia, sino que sobre todo la ve como esposa de Cristo, transformada por El. Para dejar claro que no habla de Iglesia soñada o ideal, Ignacio expresa su devoción amorosa a la Iglesia subrayando que el misterio de la encarnación y la obra de la salvación del Hijo continua bajo el Espíritu en la Iglesia visible de Pedro. Consciente de la necesidad de conversión en las personas y de reforma en las instituciones eclesiásticas de su tiempo, eso no le impide amar a la Iglesia por una razón suprema: porque Cristo la ama.

Para suscitar en nosotros el amor a la Iglesia nos la presenta frecuentemente como Madre, ‘la santa madre Iglesia’. Sólo en la medida en que uno ama a la Iglesia de Dios como madre, tiene el Espíritu del Señor. Sentir con la Iglesia, significa conocer y querer a la Iglesia, no sólo porque defiende los derechos del hombre, la paz y la justicia, la vida y el amor. Amar a la Iglesia significa entrever en su rostro terrestre el misterio divino que contiene.

Sobre el fondo de sus reglas para sentir con la Iglesia está la convicción de Ignacio, hombre de Iglesia, que afirmar la visibilidad concreta de la Iglesia y de Pedro en el corazón de ella es, en sustancia, afirmar el misterio de la encarnación, el misterio del Verbo que habita en medio de nosotros                                                                                                             

 +Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander

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