Homilía Santos Mártires

145

SANTOS EMETERIO Y CELEDONIO

Emeterio y Celedonio eran oriundos de Calahorra (La Rioja) y sufrieron en esa ciudad el martirio durante la persecución de Diocleciano, en torno al año 298. Ambos formaron parte de las legiones romanas, pero las abandonaron profesando públicamente su fe en Jesucristo. Llevados ante un tribunal, confesaron su fe y fueron atormentados en la cárcel por algún tiempo. En las afueras de la ciudad de Calahorra, junto al río Cidacos, sufrieron el martirio y fueron decapitados un 3 de marzo. Allí quedaron sepultados sus restos.

Las reliquias de los Santos Mártires fueron traídas a Cantabria, como otras tantas, en la Alta Edad Media por razones de seguridad, defendiéndolas de las incursiones árabes y estuvieron ocultas bajo la actual Iglesia de El Cristo. En unas excavaciones realizadas en 1531 se hallaron y se encerraron en los actuales relicarios y se expusieron al culto en el templo donde ahora reposan. La devoción a los Santos Mártires no solo afecta a la ciudad de Santander, que probablemente toma su nombre de San Emeterio, sino también a la región. El Papa Pío VI, a petición del entonces obispo de Santander, Menéndez de Luarca, en Breve del 30 de septiembre de 1791 los declaró Patronos de la Diócesis. Nosotros celebramos la festividad de los Santos Emeterio y Celedonio el día 30 de Agosto.

Ellos derramaron su sangre por confesar su fe en Jesucristo y “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap. 12,11). Con su vida y con su muerte nos han demostrado que se puede vivir el espíritu de las bienaventuranzas de Jesús: amar, perdonar, construir la paz, ser limpios de corazón, mantener la fe en tiempos de persecución…

Los mártires no se dejaron engañar “con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo” (Col 2, 8). Por el contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida, firme. Rechazaron, en muchos casos, los halagos o las propuestas que se les hacían para arrancarles un signo de apostasía de su identidad cristiana.

1. La fuerza de Dios resplandece en la debilidad de los hombres

Los mártires, hombres y mujeres frágiles y pecadores, dan testimonio de su fe vigorosa y de su amor incondicional a Jesucristo. Fueron personas de todos los ámbitos sociales, que vivieron haciendo el bien y murieron renunciando a salvar su vida y perdonando a quienes los maltrataban. Ellos nos sitúan ante una realidad que supera lo humano. Una vez más la fuerza de Dios resplandece en la debilidad de los hombres. La sangre de estos mártires derramada, como la de Cristo, para confesar el nombre de Dios, manifiesta las maravillas del poder de Dios; en los mártires se demuestra que el Señor ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad su propio testimonio. Algo nos faltaría en la Iglesia si no tuviéramos mártires. El martirio es el control de calidad del cristianismo y un antídoto contra el relativismo de la cultura actual para la que nada hay absoluto. El mártir cristiano no es un desesperado que renuncia a continuar viviendo, ni un ‘kamikaze’: ama la existencia y muere perdonando. Por eso, son mártires de Cristo, que en la Cruz perdonó a sus perseguidores. Los mártires invitan a la conversión, es decir, “a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien común y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata.” No hay mayor libertad espiritual que la de quien perdona a los que le quitan la vida. Es una libertad que brota de la esperanza de la Gloria. Quien espera de verdad la vida eterna y goza de ella por adelantado en la fe y los sacramentos, nunca se cansa de volver a empezar en los caminos de la propia historia.

2. Los mártires muestran la vitalidad de la Iglesia y constituyen la encarnación del Evangelio de la esperanza

Los mártires de todos los tiempos, y también los de nuestros días, muestran la vitalidad de la Iglesia y constituyen la encarnación del Evangelio de la esperanza. Son para ella y para la humanidad entera como una luz, la luz de Cristo, que disipa las tinieblas de nuestro mundo. Si Tertuliano pudo decir que “El martirio es la mejor medicina contra el peligro de la idolatría de este mundo”, nosotros podemos decir que la condición martirial de la vida cristiana es la mejor medicina contra la tibieza y la secularización de los cristianos. La condición martirial de nuestra vida cristiana nos tiene que llevar a renunciar con alegría a todo aquello que supone infidelidad, ambigüedad en las opciones de fe, tibieza en el amor, falta de identificación espiritual y práctica con Jesucristo muerto y resucitado. Todo cristiano tiene que poder decir con verdad “estoy crucificado con Cristo, he dejado atrás la vida dominada por el pecado, lo que ahora vivo es una vida nueva, en comunión con Cristo, en la presencia de Dios, de modo que es Cristo quien vive y actúa en mí” (Cf Gal 2, 19 y 20).

3. La Iglesia sabe que seguirá padeciendo persecución hasta el fin del mundo

En España especialmente en el siglo XX y en otros muchos lugares de la tierra, la Iglesia ha sufrido persecución. Y sabe que seguirá padeciéndola hasta el fin del mundo. Pero también es verdad que nunca la Iglesia ha crecido tanto como en nuestros días. Los mártires nos enseñan que el amor acaba triunfando, que sólo del perdón y de la reconciliación puede surgir la nueva civilización del amor. Nunca como ahora la Iglesia espera una nueva primavera. Porque la sangre de los mártires ha sido siempre, y lo seguirá siendo, semilla de nuevos cristianos.

Demos gracias a Dios por el valiente testimonio de estos mártires en medio de su fragilidad. Que ellos nos ayuden a vivir nuestra fe con coraje y con audacia en este momento de la historia. Los mártires nos interpelan, para ver si estamos dispuestos a entregarnos hasta el final. En ellos se ha demostrado que el amor es más fuerte que la muerte. Nadie podrá impedirnos amar hasta dar la vida por el Señor y por los hermanos. Dijo en papa emérito Benedicto XVI: «El precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, no obstante, quienes proclaman la fe con fidelidad en los tiempos actuales, no pocas veces deben pagar otro precio que es ser excluido, ridiculizado o parodiado».

+ Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

30.08.2016