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♦ Texto para la oración

En aquel tiempo dijo Jesús: ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen; y yo les doy la vida eterna; no perecerán siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 27-30)

♦ Comentario al texto
Estamos este domingo ante la imagen de Jesús como Buen Pastor. Para entender bien esta parábola necesitamos acercarnos a la cultura del mundo en donde nace. En aquel mundo la persona se entiende en relación al grupo al que pertenece: familia, pueblo… Y la figura del pastor evoca el cariño, la vinculación, la responsabilidad ante los otros. La Biblia utiliza en distintos pasajes, la metáfora del pastor para nombrar a Dios mismo, para hacer alusión al ejercicio correcto en la actuación pública de los dirigentes de Israel. Incluso se asocia a la utopía en un orden social más justo y armonioso. El evangelista pone el énfasis en esa relación mutua entre las ovejas y el pastor: mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Pone de manifiesto la actitud receptiva con los verbos escuchar y seguir que hace referencia a la actitud del discípulo. Al Buen Pastor, Jesús, le adjudica el verbo conocer con el significado bíblico afectivo de querer, sentirse cercano, vinculado, responsable. Es el camino del amor que nos lleva a la plenitud de vida. Esta alegoría del pastor y las ovejas pone el acento en la dimensión personalizada, en esa relación mutua de Jesús con los suyos. Desde esta alegoría entenderemos hoy mejor el encargo de Jesús a Pedro, que leímos el domingo anterior: Pedro apacienta mis ovejas. Y esto se lo dice cuando ha escuchado de sus labios estas palabras: ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Ahora Pedro sabe que esta misión es un servicio, hasta el punto de dar la vida por las ovejas, como Jesús.

♦ Oración con el texto

– Es importante leer este breve texto sin perder ninguna de sus palabras: situándome en las distintas representaciones de esta escena. Puedo tener delante la imagen del Buen Pastor, ese Jesús que carga sobre sus hombros a la oveja perdida o a la enferma. Voy saboreando las pocas palabras de este texto: la fuerza de los verbos: escuchar… conocer… seguir. Ahondando en el significado que acabamos de descubrir en el comentario al texto. Continúo, profundizando en la lectura de la Palabra: ellas no se perderán… nadie me las arrancará.
– Me dejo interpelar por la Palabra: ¿Cómo escucho yo la voz de Jesús, mi Buen Pastor? ¿Cómo es mi seguimiento? ¿Me he sentido alguna vez llevado en sus hombros? ¿He huido del rebaño? ¿Cuál ha sido la razón?

* El pastor bueno conoce a cada uno por su nombre; conoce mis capacidades y debilidades, mis ilusiones y mis heridas; conoce mi corazón y me ama como a un hijo ¿Estoy convencido del amor de este Jesús que me conoce, que me quiere, que está cercano a mí, siempre?
* El pastor bueno ayuda y defiende, nunca me abandonará. Da su vida por amor a sus ovejas. ¿Cómo actúo yo en relación a los demás? ¿Cómo asumo yo mi responsabilidad de ser pastor de otros? ¿Cómo cuido? ¿Cómo acompaño? ¿Cómo curo?…

En el año de la misericordia

Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de la projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión, pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana. (Papa Francisco. Evangelii Gaudium 169)

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