Con motivo de la Fiesta de Todos los Santos vamos a comentar algunos textos del papa Francisco sobre la santidad.

  • Todos podemos ser santos

A veces tenemos la tentación de creer que la santidad no es para el Cristiano de a pie. En todo caso sería para los que pueden separarse de los asuntos cotidianos de la vida dedicándose exclusivamente a la oración. La santidad no es solo para obispos, sacerdotes y religiosos; todos los cristianos, como bautizados, tenemos la misma dignidad ante el Señor y nos sentimos unidos por la misma vocación, que es la de la santidad. La santidad, “es el rostro más bello de la Iglesia: es redescubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y de su amor”

”. “Para ser santos, no es necesario por fuerza ser obispos, sacerdotes o religiosos. ¡Todos estamos llamados a ser santos!” y precisamente “muchas veces, tenemos la tentación de pensar que la santidad se reserva solo a los que tienen la posibilidad de separarse de los asuntos cotidianos, para dedicarse exclusivamente a la oración. ¡Pero no es así!”

Los santos no son héroes, sino pecadores que siguen a Jesús por el camino de la humildad y de la cruz, y así se dejan santificar por Él, porque nadie se santifica a sí mismo

  • La santidad, don de Dios

La santidad es un regalo que Dios nos ofrece a todos. Nadie está excluido, por eso constituye el carácter distintivo de todo Cristiano. Porque hemos de tener muy presente que la santidad no es algo que nos procuramos nosotros, que obtenemos nosotros con nuestras cualidades y nuestras capacidades. La santidad es un don, es el don que nos hace el Señor Jesús, cuando nos toma consigo y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él es.

En el Credo, después de profesar que la Iglesia es “una”, también decimos que es “santa”. ¿Cómo es posible afirmar que la Iglesia es santa si a lo largo de su historia ha tenido tantos momentos de oscuridad? ¿Cómo puede ser santa si está compuesta de hombres pecadores, como somos nosotros? La Iglesia es santa porque Dios es santo, es fiel y no la abandona nunca al poder de la muerte y del mal. Es santa porque Jesucristo, el Santo de Dios, se ha unido a ella indisolublemente. Es santa porque el Espíritu Santo la purifica, la transforma y la renueva constantemente. Es santa, no por nuestros méritos, sino porque Dios la hace santa.

  • Santidad según los ‘estados de vida’ y en la vida ordinaria

El papa Francisco baja a lo concreto: “¿Eres consagrado o consagrada? Sé santo viviendo con alegría tu donación y tu ministerio. ¿Estás casado? Sé santo amando y cuidando a tu marido o a tu mujer, como Cristo hizo con la Iglesia. ¿Eres un bautizado no casado? Sé santo cumpliendo con honestidad y eficiencia tu trabajo y ofreciendo tu tiempo al servicio de los hermanos”. Y continua: “allí donde trabajas puedes ser santo. Dios te da la gracia de ser santo. Dios se comunica contigo. En cualquier lugar se puede ser santo si nos abrimos a esa gracia que trabaja en nosotros y nos lleva a la santidad”. “¿Eres padre o abuelo? Sé santo enseñando con pasión a los hijos y nietos a conocer y seguir a Jesús. Se necesita mucha paciencia para esto, para ser buenos padres, buenos abuelos es necesaria la paciencia, ahí viene la santidad: ejercitando la paciencia ¿Eres catequista, educador o voluntario? Sé santo convirtiéndote en signo visible del amor de Dios y de su presencia al lado de las personas”.

Entonces, ¿por qué la Iglesia declara santos a algunos cristianos? “En esta Iglesia santa el Señor elige a algunas personas para hacer ver mejor la santidad, para hacer ver que es Él quien santifica, que nadie se santifica a si mismo, que no hay un curso para hacerse santo, que ser santo no es hacer el faquir o algo por el estilo … ¡No! ¡No lo es! La santidad es un don de Jesús a su Iglesia y para hacer ver esto Él elige a personas en las que se ve clara su obra para santificar”.

  1. La santidad, una invitación a la alegría

Cuando el Señor nos invita a convertirnos en santos, no nos llama a una cosa pesada, triste… ¡Todo lo contrario! Es la invitación a compartir su alegría, a vivir y ofrecer con alegría todos los momentos de nuestra vida, haciéndola, al mismo tiempo, un don de amor por las personas que tenemos al lado”. Si comprendemos esto, todo cambia adquiere un significado nuevo, bello, comenzando por las pequeñas cosas de todos los días. Y podemos ver varios ejemplos: “Una señora va al mercado a comprar, encuentra a una vecina empiezan a hablar y comienza la charla, pero si ella dice no quiero hablar mal de nadie, allí empieza el camino de la santidad”. “O si tu hijo quiere hablar contigo de sus historias, o de que está cansado de trabajar, ponte cómodo y escucha a tu hijo que te necesita: ese es otro paso a la santidad. Termina la jornada, estamos cansados todos, llega la hora de la oración: ese es otro paso hacia la santidad. Llega el domingo: vamos a Misa a comulgar, a veces una buena confesión que nos limpie un poco, otro paso a la santidad”. A la santidad, pues, se llega por pequeños pasos que nos convertirán “en personas mejores, libres del egoísmo y de la clausura en nosotros mismos, abiertos a los hermanos y a sus necesidades”.

Nuestra tarea principal es acoger el don de la santidad “con alegría” y sostenernos los unos a los otros, para que el camino hacia la santidad no tengamos que recorrerlo solos, sino que lo hagamos juntos en ese único cuerpo que es la Iglesia, amada y hecha santa por el Señor Jesucristo. Vayamos adelante, con valentía, en este camino hacia la santidad.

  • De pecadores a santos

En el Evangelio hay muchos ejemplos de santos que antes fueron grandes pecadores: está la Magdalena, de la que Jesús había expulsado siete demonios, está Mateo, que era un traidor de su pueblo y recogía el dinero para darlo a los romanos, está Zaqueo y tantos otros que hacen ver a todos cuál es la primera regla de la santidad: es necesario que Cristo crezca y que nosotros disminuyamos. Es la regla de la santidad: la humillación nuestra, para que el Señor crezca. Así, Cristo elige a Saulo, que es un perseguidor de la Iglesia: “pero el Señor lo espera. Le espera y hace sentir su poder”. Saulo “se vuelve ciego y obedece” y de grande que era “se hace como un niño: ¡obedece!”. Su corazón cambia: “¡es otra vida!”. Pero Pablo no se convierte en héroe. “La diferencia entre los héroes y los santos – afirma el papa Francisco – es el testimonio, la imitación de Jesucristo. Ir por el camino de Jesucristo”, el de la cruz. Y muchos santos “acaban muy humildemente. ¡Los grandes santos! Yo pienso en los últimos días de Juan Pablo II… Todos lo hemos visto”.

  1. La santidad fingida

Dios ‘perdona generosamente’ todo pecado. Lo que no perdona es la hipocresía, la ‘santidad fingida’. Los santos fingidos son los que se preocupan más por aparentarlo, que por serlo de verdad. «Estos fingen que se convierten, pero su corazón es una mentira: ¡son mentirosos! Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a Satanás. Y ésta es una santidad fingida. Jesús prefería mil veces a los pecadores, antes que a ellos. ¿Por qué? Los pecadores decían la verdad sobre ellos mismos. ¡Aléjate de mí Señor que soy un pecador!’: lo dijo Pedro, una vez. ¡Pero uno de ellos nunca dice esto».

La santidad verdadera exige conversión del corazón. “Pero ¿cómo puedo convertirme? ¡Aprendan a hacer el bien! La conversión. La suciedad del corazón no se quita como se quita una mancha: vamos a la tintorería y salimos limpios… Se quita con el ‘hacer’, tomando un camino distinto, otro camino que no sea el del mal. ¡Aprendan a hacer el bien! Y ¿cómo hago el bien? ¡Es simple! ‘Busquen la justicia, socorran al oprimido, brinden justicia al huérfano, defiendan la causa de la viuda’. Recordemos que en Israel los más pobres y los más necesitados eran los huérfanos y las viudas: hagan justicia, vayan donde están las llagas de la humanidad, donde hay tanto dolor… De este modo, haciendo el bien, lavarás tu corazón».

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander
25.10.2015