“La aprobación a trámite en el Parlamento del Proyecto de despenalización de la eutanasia no es una buena noticia. La eutanasia no es símbolo de progreso y la ‘muerte digna’ es un eufemismo engañoso, pues existen soluciones alternativas al ‘suicidio asistido’ tales como los cuidados paliativos”, como ha dicho el Presidente de la Conferencia Episcopal Española.t5

Para abordar la cuestión de los últimos compases de la vida es necesario situarnos en una perspectiva adecuada que parte, naturalmente, de conocer la verdad profunda del ser humano y del sentido de su existencia. La dignidad suprema del hombre creado por Dios en el paraíso, ha sido reforzada al tomar carne humana el Hijo de Dios. Por este acontecimiento Jesucristo se ha unidos a cada uno de nosotros, al ser humano no nacido, al enfermo terminal, al anciano decrépito y a la persona que padece cualquier discapacidad o malformación. La Encarnación del Señor nos advierte de la gravedad de tantas amenazas como hoy se ciernen sobre la vida. Afirmaba el papa Benedicto XVI que «una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente es una sociedad cruel e inhumana» (Spe salvi, n. 38).

Y cuando la persona anciana se muestra cansada, piensa que ya no sirve para nada y siente la tentación del abandono o de la desesperanza, debemos ayudarle a reencontrar el sentido de su vida. La vida de cada persona es sagrada, también cuando es débil, sufriente o se encuentra al final de su tiempo en la tierra. Las leyes han de proteger siempre su dignidad y garantizar su cuidado. Hemos de renovar la condena explícita de la eutanasia como contradicción grave con el sentido de la vida humana. Rechazamos, con palabras de S. Juan Pablo II (EV 65) la eutanasia en sentido verdadero y propio, es decir, ‘una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor’.

En cambio, no son eutanasia propiamente dicha y, por tanto, no son moralmente rechazables acciones y omisiones que no causan la muerte por su propia naturaleza e intención. Por ejemplo, la administración adecuada de calmantes (aunque ello tenga como consecuencia el acortamiento de la vida) o la renuncia a terapias desproporcionadas (al llamado encarnizamiento terapéutico), que retrasan forzadamente la muerte a costa del sufrimiento del moribundo y de sus familiares. La muerte no debe ser causada, pero tampoco absurdamente retrasada.

En nuestra sociedad, que cada día tiene mayor proporción de personas ancianas, las instituciones geriátricas y sanitarias especialmente las unidades de dolor y de cuidados paliativos han de estar bien dotadas y coordinadas con las familias y éstas, por su parte, ya que son el ambiente propio y originario del cuidado de los mayores y de los enfermos, han de recibir el apoyo social y económico necesario para prestar este impagable servicio al bien común. La familia es el lugar natural del origen y del ocaso de la vida. Si es valorada y reconocida como tal, no será la falsa compasión, que mata, la que tenga la última palabra, sino el amor verdadero, que vela por la vida, aun a costa del propio sacrificio.

Exhorto a las familias y muy especialmente a los que cuidan a los enfermos a ayudarles para que no vean el momento de la muerte como un paso hacia el vacío, hacia la oscuridad, sino que consiste en cruzar el umbral de la puerta que da entrada, con la gracia de Dios, a la vida definitiva, al encuentro con el Padre que nos ama, que nos creó, que nos ha acompañado en nuestro caminar y que finalmente nos acoge en su morada eterna. La muerte, sobre todo cuando va acompañada de los sacramentos de sanación: penitencia y unción de enfermos, y en último término de la Eucaristía como viático, constituye un nuevo nacimiento a la vida plena y definitiva.

En este sentido, el papa Francisco ha enfatizado que “la concepción de las profesiones de la salud y de la tarea de quienes se dedican al cuidado de los enfermos y ancianos como ayuda, tutela y promoción de la vida es la base de un auténtico servicio que busca promocionar y tutelar la vida humana, de modo particular aquella más débil y necesitada”

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander