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Todas las culturas y las religiones practican ritos funerarios. Es connatural al ser humano. Desde Altamira hasta el día de hoy, los seres humanos no abandonamos los cadáveres de nuestros semejantes como si fueran meros despojos. ¿Por qué?

Por una razón que deriva de la manera de concebir el ser humano. Que no se desparramen las cenizas de los muertos es una pauta que se da para proteger la conciencia cristiana sobre la dignidad del ser humano. Cada hombre y cada mujer son sagrados, únicos e irrepetibles. Nadie ha sido creado en serie. Ni se va a reencarnar ni se va a fundir con la madre naturaleza. El ser humano es uno, dice la Iglesia desde siempre. Es alma y cuerpo, cuerpo y alma en una forma de existir que carece de sentido por separado. Su cuerpo merece todo el respeto, porque es parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia. Por coherencia con este pensamiento, parece lo más apropiado seguir dispensando respeto a los despojos de un ser humano, ya sea a su carne sepultada ya sea a sus cenizas.

También se da una razón de carácter espiritual. El cuerpo humano –aún inerte– expresa una presencia misteriosa del Espíritu. Los que creemos que Cristo ha muerto y que su carne no ha conocido la corrupción, tenemos lugares sagrados donde nuestros muertos reposan como un signo de esperanza hasta que llegue la resurrección final. No creemos sólo en la resurrección de la carne de Cristo. El que tiene capacidad de dar vida a cuantos creemos en El después de la muerte.

La cruz, que fue para los paganos signo de ignominia, es para nosotros signo de victoria. Ésa es la razón por la que los cristianos siempre mantuvieron algunos signos que hoy siguen siendo válidos y significativos: encender ante los difuntos el Cirio pascual o las velas, derramar agua bendita como recuerdo del bautismo, incensar el cadáver recordando que ha sido templo del Espíritu Santo. Los signos han sido constantes tanto en los dos mil años de cristianismo como en las diversas culturas en las que la fe cristiana y católica se ha ido haciendo presente. Una fe que ha creado una cultura. Una fe que ha transmitido una bella obra de misericordia: enterrar a los muertos. A imagen de Cristo, que fue enterrado, los cristianos –ya desde la época de las catacumbas– prefieren enterrar (inhumar) los cuerpos de sus difuntos porque esperan la resurrección.

El lugar de los difuntos es un ámbito comunitario: juntos han vivido en el mundo, juntos esperan la resurrección. A ese lugar los cristianos le han dado un nombre que viene del griego: cementerio, que significa dormitorio común. Ahí, en ese lugar concreto, se hará visible y efectiva la victoria de la cruz. Ese cuerpo que se descompone no está destinado a disolverse, sin más, en la naturaleza. Una simple indicación sepulcral, por sencilla que sea, está expresando la fe que ha movido a esa criatura y al que la ha devuelto a la tierra de donde fue sacada: la nueva creación.

Es en este marco en el que la Iglesia ha pedido que las cenizas de un ser humano sean conservadas, para que sirvan de aliciente para la oración y para la meditación sobre el sentido de la vida. No cabe lanzarlas al viento para olvidarlos.

Se puede estar o no de acuerdo, pero la reflexión es coherente. Y no porque la Iglesia tenga sus normas y si te gusta las cumples y si no, las dejas. Es que esta comunidad tiene sus convicciones. Que no tienen que ser compartidas por todos, pero son muy respetables.

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