Novena a Santa Teresa, Ávila 7.10.2015

Con la Novena que hoy comenzamos nos disponemos a clausurar el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Una monja contemplativa y una mujer de simpatía arrolladora, excelente escritora, capaz de armonizar la contemplación más sublime con la actividad desbordante, que se adentró en los secretos más íntimos del hombre y recorrió España entera en carromatos incómodos muchas veces por caminos intransitables.

Teresa de Jesús convence porque habla de corazón a corazón y escribe sobre lo que ha experimentado. No trata de ilustrar nuestra inteligencia, sino de despertarnos al amor de Dios. En sus escritos, Teresa mira a los ojos del lector y le interpela. Le acompaña en sus momentos de aridez espiritual y en el caminar de todos los días, en el trajín y los trabajos que todos experimentamos. No ha llegado a enamorarse de Jesucristo sin búsquedas y noches oscuras, experimentando dramáticamente su mediocridad.

El encuentro con Cristo ‘muy llagado’ fue el comienzo para ella de una nueva vida, de otra forma de vivir. Lejos de caer en el intimismo, el encuentro con el Amado abrió su mente y su alma de tal modo que sintió la necesidad de escribir sus vivencias y de fundar nuevos conventos. ¿Qué dice Teresa a los hombres y mujeres de hoy? Son muchas las lecciones que Santa Teresa nos da a los hombres de hoy, voy a entresacar tres: descubrir el sentido cristiano y humanizador de la oración, ser ‘amigos fuertes de Dios’ y vivir en pequeñas comunidades, pobres y alegres, para transformar el mundo.

Descubrir el sentido cristiano y humanizador de la oración

Vivimos tan pendientes de las informaciones, del teléfono, de las solicitaciones exteriores que no tenemos tiempo para pensar, para asimilar lo recibido, para degustar la vida, para vivir. Nuestra vida de cada día está como invadida por prisas, ruidos y dispersión. Pasamos el tiempo preocupados por cosas sin importancia. ¿No necesitamos sincronizar mejor el ritmo trepidante de la vida con los ritmos del hombre interior? Como un día los apóstoles se acercaron a Jesús para suplicarle: “Señor, enséñanos a orar”, hoy nosotros hacemos una súplica semejante: “Teresa de Jesús, enséñanos a orar”.

Santa Teresa nos invita a poner en el centro de nuestro corazón a Jesucristo, el Señor de todo y de todos. De ahí su propuesta de que nos tomemos en serio la vida de oración. Porque la oración es la puerta para entrar en nuestro castillo interior. La fe y el amor que nutrieron su vida espiritual no hubieran alcanzado en ella tan altas cumbres sin la oración, que fue como la respiración de su alma. Resulta demasiado pobre presentar a Santa Teresa sólo como maestra de un método de oración. Ella nos enseña a ser verdaderamente orantes: a convertir toda nuestra vida en oración.

Santa Teresa creyó de verdad en la oración. Y eso la llevó a tomar una firme decisión: “Con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurase, aunque me muera en el camino”. Y en la oración encontró pureza para sus intenciones, remedio y consuelo para su soledad y pobreza, alegría en sus sufrimientos. Los acontecimientos principales de su vida no son otra cosa que los hitos en su camino de oración.

Su genio literario penetra, comprende, fija y describe psicológicamente por primera vez los estados místicos extraordinarios que ella misma vivió por el ejercicio de la oración e influjo de la gracia. Ella fue exploradora maravillosa de un mundo casi desconocido antes de su tiempo. Y es ella quien relata haber recibido tres gracias complementarias: “Recibir de Dios es una primera gracia; saber en qué consiste es una segunda; y es una tercera poder darse cuenta y explicarla”.

Descubrir el sentido cristiano y humanizador de la oración es un quehacer urgente para los hombres de nuestro tiempo. “Rezar –nos ha dicho el papa Francisco- no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, «amigo verdadero» y «compañero» fiel de viaje, con quien «todo se puede sufrir», pues siempre «ayuda, da esfuerzo y nunca falta» (Vida 22,6). Para orar «no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho» (Moradas IV, 1,7), en volver los ojos para mirar a quien no deja de mirarnos amorosamente y sufrirnos pacientemente (cf. Camino 26,3-4).

Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia sí, pero la oración es el «camino seguro» (Vida 21,5). Dejarla es perderse (cf. Vida 19,6). Estos consejos de la Santa son de perenne actualidad. ¡Vayan adelante, pues, por el camino de la oración, con determinación, sin detenerse, hasta el fin! Esto vale singularmente para todos los miembros de la vida consagrada.

En una cultura de lo provisorio, vivan la fidelidad del «para siempre, siempre, siempre» (Vida 1,5); en un mundo sin esperanza, muestren la fecundidad de un «corazón enamorado» (Poesía 5); y en una sociedad con tantos ídolos, sean testigos de que «sólo Dios basta» (Poesía 9)” (MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO AL OBISPO DE ÁVILA CON MOTIVO DE LA APERTURA DEL AÑO JUBILAR TERESIANO, Vaticano, 15 de octubre de 2014)

En la oración humilde y paciente descubrimos la verdad, ya que “Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad” (6 M. 10, 8). No es el orgulloso quien descubre la verdad. La humildad nos lleva a respetar el ritmo y los caminos de cada persona y nos permite mostrar la verdad sin pretender imponerla por la fuerza. Edith Stein, más tarde Teresa Benedicta de la Cruz, judía y filósofa, después de una noche leyendo con creciente interés el libro de la Vida escrito por Santa Teresa de Jesús, cerró el libro y exclamó: “Aquí está la verdad”. Fue carmelita y mártir en Auschwitz. Edith Stein confesó que durante muchos años “la sed de verdad había sido su única oración”.

“Amigos fuertes de Dios”

Los “amigos fuertes de Dios”, no son mediocres ni relajados, tienen la capacidad por la fuerza del Espíritu de Jesucristo de fermentar la masa, de interpelar a los que ponen su confianza en el dinero, de iluminar las tinieblas de los que viven en cualquier clase de adicción, de poner orden en el caos y la confusión que pueblan la mente de tantas personas.

Con frecuencia Santa Teresa utiliza expresiones que como ráfagas de luz deslumbran, iluminan y encandilan. “La verdad padece más no perece” (Carta 79-5B, 26), escribió en una de sus cartas. La verdad puede ser humillada, pero no destruida; dobla pero no quiebra. Si “la verdad padece mas no perece” tenemos motivos para la esperanza.

Cuando hemos aprendido de Jesús a llamar a Dios Padre, como hemos visto en el evangelio de hoy, el sentido de la vida no puede naufragar en el marasmo; la generosidad vence al egoísmo y la mezquindad; el amor es más fuerte que el odio y la muerte; la paz vencerá a la violencia; la bondad vencerá a la crueldad. Los “amigos fuertes de Dios” en la dureza de los tiempos tienen la capacidad de interrogar por la justicia y la fraternidad, de invitar al cambio de corazón, de rostro, de actitudes, de conductas personales, sociales y políticas. Santa Teresa de Jesús es testigo, por su persona y sus obras, que la esperanza de un mundo nuevo no es fantasía sino una realización en camino.

Vivir en pequeñas comunidades alegres y pobres para transformar el mundo

No podemos ser los cristianos en el mundo de hoy restos de un pasado que nada significan. Estamos llamados a ser seguramente el ‘resto de Israel, los pobres y pequeños capaces de transformar como el fermento la masa del mundo de hoy. Santa Teresa nos invita a vivir en pequeñas comunidades alegres y pobres como las que ella fundó.

Comunidades pobres porque Jesús enseña a sus discípulos a pedir el pan de cada día, como escuchamos en el evangelio de hoy, sin fiarse de la riqueza acumulada (cf.Lc.11,3; 12, 13-21) Porque el dinero es un medio para vivir; pero no puede convertirse en la aspiración de la vida y en el competidor de Dios. Recordemos la palabra del Señor: “No podéis servir a dos señores, a Dios y al dinero” (cf. Mt. 6, 29).

Santa Teresa nos ayuda a echar las cuentas con el dinero. El afán de dinero fácilmente suscita la avaricia que es una especie de idolatría, y hace insensible al sufrimiento de los necesitados. La Santa abrazó la pobreza tanto personal como comunitaria, de espíritu y material. Después de dudas y vacilaciones determinó fundar viviendo de limosna, como los pobres, y no de rentas como los ricos. San Pedro de Alcántara afianzó la determinación de Teresa porque a ella le gustaba consultar a letrados y espirituales. Vivir la pobreza evangélica supone confiar a fondo en el Padre providente, que no se olvida de sus hijos. Para Teresa la pobreza evangélica es seguimiento de Jesús que nació pobre en Belén y murió despojado en la cruz; el Señor que siendo rico se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Cor. 8, 9).

La pobreza libera de las ataduras al dinero, abre el corazón para compartir como hermanos y es fuente de gozo y serenidad. Teresa exultante de gozo subraya el señorío que otorga la pobreza: “¿No es linda cosa una pobre monjita de San José que puede llegar a señorear toda la tierra y elementos?” (cf. Camino 31, 2).

Comunidades alegres: “Teresa de Jesús invita a sus monjas a «andar alegres sirviendo» (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque “un santo triste es un triste santo”. Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor.

Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,1). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf. Fundaciones 12,1). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4).

De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: «¡No dejen de andar alegres!» (Carta 284,4). ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!” (PAPA FRANCISCO, Mensaje al Obispo de Ávila con motivo de la apertura del Año Jubilar Teresiano, Vaticano, 15 de octubre de 2014). La alegría no es una conquista humana sino un don del cielo, por eso hemos pedido con el salmista “Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti”

Precisamente porque es madre de puertas abiertas, la Iglesia, también en sus pequeñas comunidades, siempre está en camino hacia los hombres para llevarles aquel «agua viva» (cf. Jn 4,10) que riega el huerto de su corazón sediento. La Santa de Ávila fue misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separó del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5,8). Ella vivió las dificultades de su tiempo –tan complicado– sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor.

La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII,4, 6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá Santa Teresa nos contagie a todos esa santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro tiempo, con el Evangelio en la mano y el fuego del Espíritu Santo en el corazón! No olvidemos que ella dijo poco antes de morir: “Es tiempo de caminar”.

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander