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Queridos diocesanos:

La Semana Santa es la época del año en que la Iglesia celebra los más grandes «misterios de la salvación». Este año los vivimos en el “Año Santo de la Misericordia” y es una oportunidad inmejorable para tener una vivencia personal de la misericordia de Dios. La podemos tener participando con fe y devoción en las celebraciones litúrgicas, en las procesiones, y en otras formas de piedad. Particularmente, es fundamental que nos acojamos al perdón de Dios, reconociendo y confesando nuestros pecados en el Sacramento de la Reconciliación.

El Papa no se cansa de repetirnos que Jesucristo es “el rostro de la misericordia de Dios Padre”. Es decir, que Jesucristo con sus palabras y acciones realiza plenamente la misericordia de Dios para con nosotros y con todos los hombres. Enseña San Pablo: “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo –¡hemos sido salvados gratuitamente!– y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar para siempre la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús” (Ef. 2, 4-7).

“El amor de Dios –comenta el papa Francisco- se ha hecho visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión”.

Toda la vida de Jesús es manifestación de la misericordia de Dios. Pero, sin duda, donde más resplandece es en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Ahí contemplamos la misericordia ejercida a costa del sacrificio de la propia vida, por nosotros y por nuestra salvación. Como san Pablo podemos decir en primera persona: “me amó y se entregó por mí”. Y también con San Pedro: “sus heridas nos han curado”. Al contemplar a Cristo no sólo aprendemos lo que es la auténtica misericordia, sino que comprobamos que la ejerce con nosotros. Nosotros, en consecuencia, estamos llamados a ejercerla con los demás, pues, como dice San Pedro “Cristo padeció por nosotros y nos dejó un ejemplo a fin de que sigan sus huellas” (1Pe. 2,21).

En el relato de la Pasión de Jesucristo que leemos el Viernes Santo, San Juan nos muestra la escena del costado de Cristo traspasado por una lanza del que al punto brotó sangre y agua. Es como una síntesis del sentido de toda la pasión del Señor. La lanza representa la maldad humana, el testimonio de que somos pecadores. Ante esto, del mismo costado herido por la lanza brota “sangre y agua”, es decir, nuestra salvación. Al poner nuestra mirada en el costado traspasado de Jesús, -«volverán los ojos hacia Aquel al que traspasaron»-, caemos en la cuenta de que somos pecadores a quienes pueden regenerar los ojos misericordiosos de Dios. Jesús siempre responde con el perdón, la compasión, el consuelo. Como proclamamos en la liturgia de la Misa, Cristo, “compadecido del extravío de los hombres, sufriendo la cruz, nos libró de eterna muerte y, resucitando, nos dio vida eterna”.

Esta es la clave para comprender el sentido de la Semana Santa y celebrarla con provecho espiritual. Volvamos con fe y arrepentimiento al hogar donde Dios, como el Padre misericordioso de la parábola, nos espera para abrazarnos con su misericordia y su perdón. En definitiva, para darnos nueva vida en Cristo.

Recibid mi afecto y mi bendición

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

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