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Homilía en la ordenación de diáconos de José María González y Juan Cáceres, 15.07.2017

«Servidor de Cristo» (Ga 1,10). Así se define el apóstol Pablo cuando escribe a los Gálatas. Antes se había presentado como «apóstol» por voluntad del Señor (cf. Ga 1,1). Ambos términos, apóstol y servidor, están unidos, no pueden separarse jamás. Son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús.

“No he venido para ser servido, sino para servir” (Mc 10,45)

El Señor ha sido el primero que nos lo ha mostrado: él, la Palabra del Padre, que nos ha traído la buena noticia (Is 61,1); él, que es en sí mismo la buena noticia (cf. Lc 4,18), se ha hecho nuestro siervo (Flp 2,7), «no he venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). «Se ha hecho diácono de todos», como escribía San Policarpo (Ad Phil. V,2). El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro. Si quiere evangelizar, debe imitarlo, como hizo san Pablo y aspirar a ser un servidor. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Testigo de Cristo es el que obra como él: el que sirve a los hermanos sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio.

El diácono, como ministro ordenado, recibe del Señor, a través de la Iglesia, el encargo de anunciar a Jesucristo. Lo que se espera de un diácono es que conozca a Jesucristo, que se adhiera incondicionalmente a El, como discípulo fascinado y enamorado, que parta con Jesús hacia la misión sin reserva alguna. Porque sólo de un buen discípulo nace un buen misionero. La meditación, la lectura orante de la Sagrada Escritura, es hoy de un modo particular el camino aconsejado para asimilar y vivir la Palabra de Dios. “No os dejéis arrancar la esperanza del Evangelio, al que debéis no sólo escuchar, sino además servir”. Cuando dentro de poco os entregue el libro de los Evangelios os diré a cada uno de vosotros: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Leer, creer, enseñar y practicar estos verbos describen muy bien el itinerario que debe recorrer un diácono fiel al Evangelio.

¿Cómo ser servidores buenos y fieles?

¿Por dónde se empieza para ser «siervos buenos y fieles» (cf. Mt 25,21)? En primer lugar estáis invitados a vivir la disponibilidad. El siervo renuncia cada día a disponer todo para sí como quiere. Estará disponible si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que sus días no son suyos, sino que son para vivirlos como una entrega de sí. En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino que renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo. Sólo así dará verdaderamente fruto.

El que sirve no es esclavo de la agenda, sino que, con docilidad de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costa de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece. Así, queridos diáconos, viviendo en disponibilidad, vuestro servicio estará exento de cualquier tipo de provecho y será evangélicamente fecundo.

También el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8).

Para ser servidores buenos y fieles hace falta en segundo lugar gran humildad y mansedumbre. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,29), ha dicho el Señor. Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad. San Policarpo exhorta a los diáconos, ministros de la Iglesia de Dios, “a ser sobrios en todo, misericordiosos, celosos, inspirados en su conducta por la verdad del Señor que se ha hecho siervo de todos”. Esta gracia de Dios se convierte en un compromiso que, libremente aceptado, ha de configurar de modo singular vuestro estilo de vida. Vais a ejercer la diaconía de la Iglesia, imitando a Cristo Jesús que no vino a ser servido sino a servir. Aquí está el fundamento de la espiritualidad diaconal. El diaconado es participación de la actitud de Cristo, el siervo humilde y paciente que toma sobre sí mismo el pecado y la miseria humana, que se inclina sobre la necesidad concreta, que da su vida, amando hasta el extremo.

En tercer lugar, el diácono necesita de un modo especial ser sanado interiormente. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15).
Queridos diáconos, podéis pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida. Y cuando sirváis en la celebración eucarística, allí encontraréis la presencia de Jesús, que se os entrega, para que vosotros os deis a los demás. Así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy.
Necesitamos sacerdotes

Algunos de los jóvenes aquí presentes podéis ser llamados a ser sacerdotes. Es una aventura que merece la pena. Cuando uno se deja seducir por el Señor se dejan fácilmente por El la familia y el trabajo, los parientes y la profesión, el futuro que pudo ser cuajada realidad matrimonial y familiar. Vuestra experiencia vocacional, queridos Chema y Juan y la nuestra queridos sacerdotes, es el resultado de aquel gozo inefable de haber sido llamados por Cristo para seguirle de cerca y no disponer sino sólo de su amor, dejándolo todo por Él.

En nuestra pastoral vocacional necesitamos la especial colaboración de las familias católicas. La familia es la iglesia doméstica donde los niños han de ser iniciados en la fe y han de percibir el respeto y el apoyo de los padres a los adolescentes que sienten la inclinación hacia la vocación sacerdotal. Sin familias verdaderamente inquietas por vivir la fe y transmitirla, difícilmente surgirán vocaciones, y si surgen, no podrán sostenerse.

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

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