UNA CUARESMA PARA CONVERTIRNOS AL AMOR DE DIOS Y DE LOS HERMANOS

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Mensaje para la Cuaresma 2017

La Cuaresma es una oportunidad para convertirnos al amor de Dios. En este tiempo de penitencia y de oración, miremos a Cristo crucificado que nos reveló plenamente el amor de Dios. El amor de Dios, tal como aparece en el Nuevo Testamento, no es un amor de solas palabras, un amor romántico, sino un amor de entrega que busca el bien del otro, sin esperar nada a cambio. Entregando su vida en el árbol de la cruz acreditó sus palabras: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida”.

Pero el amor de Dios es también, tal como aparece ya en el Antiguo Testamento, es un amor entrañable, una verdadera pasión divina. El profeta Oseas lo expresa con imágenes audaces como la del amor de un hombre capaz de perdonar a su mujer adúltera (cf. Os 3, 1-3). Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. Ez 16, 1-22). Dios nos ama con la pasión de un joven esposo por su esposa. “Aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, yo no me olvidaría de vosotros” nos dice Dios por boca del profeta Isaías. Pero Dios no impone su amor y espera el «sí» de sus criaturas, que su amor sea acogido.

Por desgracia, los hombres, desde los orígenes de la humanidad, seducidos por las mentiras del Maligno, se han cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible (cf. Gn 3, 1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios y se convirtió en el primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2, 15). Dios, sin embargo, no se dio por vencido. Más aún, el «no» del hombre fue como el impulso decisivo que lo indujo a manifestar su amor con toda su fuerza redentora.

En el misterio de la cruz se revela plenamente el abismo de la misericordia del Padre. Para reconquistar el amor de su criatura, aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo único. En la cruz se manifiesta el amor apasionado de Dios por nosotros. Miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios. En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. La impresionante obra de entrega a los más pobres de entre los pobres de santa Teresa de Calcuta sólo se explica porque escuchó de verdad estas palabras de Jesús en la cruz: “Tengo sed”. La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él.

Sin embargo, aceptar su amor no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás. Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y con cada palabra. Abramos el corazón a los demás y luchemos contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona, y contribuyamos a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas.

Por otra parte, la Cuaresma es un tiempo propicio para el perdón, como expresión de amor. Pidamos perdón a Dios y perdonemos a nuestros hermanos. Pedir perdón nos reconcilia con nosotros mismos, nos permite aceptarnos como somos, nos despoja de un falso sentimiento de inocencia. Perdonar nos libera de las cadenas del rencor que nos corroen a nosotros mismos, desbloquea nuestra fijación en el pasado y nos vuelve a capacitar para que podamos iniciar un nuevo camino de vida y crecimiento.

Para los creyentes, el perdón pertenece a la entraña del mensaje de Jesús y al núcleo de la imagen y experiencia que Él tiene de Dios Padre, rico en misericordia. Al perdonar en la Cruz a sus verdugos, Jesús rompió el círculo perverso que pesaba sobre la humanidad: agravio por agravio, insulto por insulto… Los creyentes sabemos que con su fuerza podemos tener la generosidad de perdonar y la humildad de pedir perdón.

El perdón es la gran avenida que nos conduce a la plaza mayor de la reconciliación. Anunciar el Mensaje cristiano de la Reconciliación y celebrarla en el Sacramento de la Penitencia es así mismo un quehacer ineludible. Curar las heridas de la gente con el aceite y el vino del Buen Samaritano, es necesario, sobre todo en tiempos como los nuestros. Que el Señor nos conceda llegar a la próxima Pascua reconciliados con Dios y viviendo intensamente el amor y el perdón a nuestros hermanos.

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander