El coronavirus ha provocado, además de todo lo ya sabido, que este año no se hayan podido celebrar el homenaje a los sacerdotes que cumplían 25, 50 y 60 años de su ordenación sacerdotal. Lo que comúnmente se conocen como bodas de plata, oro y diamante.

Dentro de los sacerdotes homenajeados se encuentra el obispo de Palencia, el cántabro Mons. Manuel Herrero Fernández, y nuestro obispo, Mons. Manuel Sánchez Monge.

Ante la imposibilidad de celebrar este día de acción de gracias con los otros 20 homenajeados, al verse suspendida la celebración el día habitual, en torno al 10 de mayo, fiesta de san Juan de Ávila, patrono del clero español, y de la siguiente fecha propuesta, el 4 de este mes, fiesta de san Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes de todo el mundo, D. Manuel no ha querido dejar pasar la ocasión para celebrar una Misa esta tarde, como la de cualquier domingo, pero con tintes de agradecimiento a Dios por el gran regalo que, en su persona, Dios ha hecho a la Iglesia a través de los diferentes oficios y ministerios que ha desempeñado en su dilatado servicio.

Su lema episcopal ‒virtus in infirmatete (la fuerza se realiza en la debilidad)‒ nos adentra en el carácter y vivencia del ministerio que le confió la Iglesia, no solo hace una quincena de años al ordenarlo obispo, puesto que también valdría para otear que, durante estos 50 años, ha sido Dios quien ha sostenido su entrega generosa: esa que rubricó con el “Si quiero, con la gracia de Dios” que escuchó un recién llegado Mons. Anastasio Granados García, obispo que lo ordenó tal día como hoy hace 50 años.

Aquellos que tienen la oportunidad de conocerlo, saben de su sentido del humor y de la preocupación con la que se acerca a los problemas que palpitan en el corazón humano, quizá algo que le dejó marcado sus muchos años atendiendo matrimonios, durante el ejercicio de su ministerio en su Palencia natal. Hace unos meses, a los sacerdotes diocesanos, paternalmente indicaba que “muchos de nuestros problemas, que nos parecen tragedias, no llegan siquiera a ser comedias” al recordar el ejemplo de una esposa que cuidó a su marido, en cama desde hace unos años, y ante la que él mismo se admiraba, porque su servicio brotaba de un profundo amor. Esa mirada atenta, capaz de sacar de la realidad aprendizajes vitales, es la que también le ha hecho escribir artículos y libros en que intentar acercar la teología de un modo más pastoral, para que pueda llegar no solo a los entendidos sino también a aquellos pequeños, escogidos por Dios.

En los últimos 5 años, tiempo que está entre nosotros, ha ido introduciendo dinámicas de nueva evangelización en la Diócesis, tales como cenas Alpha y los retiros Emaús y Effetá, convencido de que la fe no se puede proponer del mismo modo a como se venía haciendo. Hay necesidad de reformar, pero esa reformar siempre ha de ser interior y que mueva a todos al encuentro personal con Jesucristo, como le gusta reiterar trayendo a sus labios la expresión del papa emérito Benedicto XVI, de “la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” acogiendo la “invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido” y que “no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia”.

Habrá que esperar al proximo año para celebrar, como se merece, la vida entregada de tantos sacerdotes que, al llegar a estas cotas, que visibilizan la perennidad de la misión que Jesucristo confió a sus apóstoles, siguen invitando a otros a seguirlo por este mismo camino de consagración especial a Dios en el servicio a los hermanos.

Pedimos que se cumpla en nuestro obispo, Mons. Manuel Sánchez Monge, lo mismo que ha dicho para otros al ordenarlos ‒y que dirá este próxmo el 6 de septiembre a los dos nuevos sacerdotes que ordene‒, que “Dios, que inició en ti la obra buena, Él mismo la lleve a término” y que, nosotros lo veamos.


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