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Historia de la Diócesis |
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En 1754 fue creada la diócesis de Santander y a partir de entonces
arranca, su historia propiamente tal. Pero es evidente que interesa
decir algo, aunque sea sucintamente, de la larga etapa que precedió a
este importante hecho histórico. En primer lugar, del comienzo y
desarrollo del cristianismo en la región, y después de la
administración eclesiástica del territorio y de los trámites que
dieron origen ala erección del nuevo Obispado. |
| Cantabria y la Hispania Romana |
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La antigua Cantabria, cuyos límites si no coinciden plenamente con la
demarcación actual de la diócesis santanderina, al menos se le
aproximan bastante, fue siempre una región marginal y poco romanizada
dentro de la Hispania Romana. (1). Ello no sólo fue
debido a su situación geográfica en el confín de la cordillera
Cantábrica, naturalmente aislada de las grandes vías de comunicación
del país, sino también al carácter independiente de sus gentes,
famosas en todo el Imperio por su tenaz resistencia a la dominación
romana, hasta el punto de que los cántabros constituyeron el último
pueblo sometido, y muy difícilmente por cierto, de toda la Península
en tiempos de Augusto (año 19 a. C.). El cántabro "no enseñado a
llevar nuestro yugo", según la frase célebre del poeta Horacio, (2)
aguardó a la caída del Imperio y entonces, consiguió alzarse de nuevo
con su vieja independencia. Fue necesario esperar el empuje
conquistador del rey Leovigildo para que la región pudiera ser
incorporada a la España Visigoda (año 574 d. C.).
Como el Cristianismo era una religión que se iba propagando
especialmente en los medios urbanos, mientras que las viejas
religiones se refugiaban en los medios rurales (de ahí el nombre de
paganismo), se comprenderá fácilmente que Cantabria no era el país más
adecuado para el triunfo de la nueva religión. El retraso de la
conversión al cristianismo de todos los pueblos de la costa y
cordillera Cantábrica es un hecho que reconocen hoy todos los
historiadores que se ocupan del tema (3). Es
significativo consignar que el testimonio cristiano más antiguo
conservado en lo que hoy es diócesis de Santander, es un vidrio con el
anagrama de Cristo (un crismón), hallado en las ruinas de la ciudad
romana de Julióbriga, junto a Reinosa y que ha sido datado como de
finales del siglo IV o principios del V (4).
Sin embargo, por aquellas mismas fechas, año 399 d. C., un
cantabro, llamado Cornelio aún erigía un ara al dios Erudino sobre la
cima del Pico Dobra, cerca de Torrelavega (5). Y
esto sucedía en un momento en el que no sólo el cristianismo era la
religión oficial del Imperio, sino que en virtud del decreto del
emperador Teodosio la nueva religión se había convertido de perseguida
en perseguidora del paganismo, estando autorizados los cristianos a
proceder directamente contra los paganos. El monumento del Pico Dobra
no sólo testimonia que aún había paganos en Cantabria, sino que no
había cristianos, o si existían, que eran tan escasos que carecían de
fuerza para oponerse a los cultos ya proscritos por la autoridad
oficial. Esta misma impresión se saca del estudio de las inscripciones
funerarias de Cantabria, de las que se conservan más de medio
centenar, la mayoría de ellas fechadas a partir del siglo III, todas
las cuales, salvo dos o tres, son invariablemente paganas.
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| La época visigoda |
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Tanto por los restos arqueológicos hallados en algunas cuevas, que les
sirvieron de habitaciones, como por ciertas referencias literarias,
sabemos que en la época visigoda, especialmente a partir de la
conquista de Leovigildo, se inició una intensa evangelización a cargo
de monjes procedentes del valle del Ebro y de la Tierra de Campos.
Entre los primeros hay que citar a San Millán de la Cogolla, y entre
los segundos a Santo Toribio de Palencia "que destruyó el culto de los
ídolos" (6) y debió fundar el monasterio de San
Martín, en Liébana, más tarde llamado de Santo Toribio.
Pero la verdadera conversión de Cantabria no debió realizarse en su
integridad hasta los comienzos del siglo VIII, con motivo de haberse
refugiado en estas montañas las gentes huidas de distintas ciudades
españolas y concretamente de Toledo, con motivo de la invasión árabe.
Es entonces cuando el Ducado de Cantabria, poco después integrado en
el Reino de Asturias, se convierte nuevamente en el foco de
insurrección y cuna de la Reconquista. Con la huida a los montes
debieron llegar a la futura diócesis las reliquias más insignes que
hoy en día se conservan, tales como el Lignum Crucis, de Liébana: el
cuerpo de Santa Juliana, en Santillana, y las reliquias de los Santos
Emeterio y Celedonio de la actual catedral de Santander, procedentes
de Calahorra (7).
Surgen por todas partes multitud de monasterios, entre los que se
citan algunos ya en el siglo IX, como San Martín de Liébana, Santa
María del Puerto, Santillana, Santa María del Yermo, San Pedro de
Cervatos, San Andrés de Aja; y otros en el siglo X, como Santa María
de Lebeña, Santa María la Real de Piasca, San Fructuoso de la Miña,
Santa María de Villacantid, San Fructuoso de Miengo, San Emeterio de
Santander, San Román de Moroso, San Martín de Elines, etc. (8).
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| San Beato de Liébana |
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La historia de la futura
diócesis santanderina no puede menos de hacer referencia expresa a la
persona y obra de San Beato de Liébana, que en pleno siglo VIII se
constituyó en lumbrera de la nueva cristiandad de los reinos
independientes del Norte. San Beato mantuvo una célebre polémica
teológica, en torno, a las cuestiones del Adopcionismo, con el famoso
Elipando, que por entonces regía la sede de Toledo. El santo lebaniego
es el creador del ideal de Santiago como patrono de la España que
lucha en defensa de su fe (9).
De los primeros tiempos de la Reconquista apenas se conservan
monumentos, pero es preciso señalar aquí las famosas iglesias
rupestres de Valderredible: Arroyuelos, Las Presillas, Cadalso, Campo
de Ebro y Santa María de Valverde (10) y la bella
iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña, sin contar otras de menor
importancia, pero del mismo estilo en Helguera, San Román de Moroso y
San Juan de Socueva (11).
Ya avanzada la Reconquista -en el siglo XII- surgió una fiebre
constructora de iglesias y monasterios en estilo románico, de los
cuales se han conservado un crecido número de ejemplares, entre los
que destacan por su importancia las colegiatas de Santillana,
Castañeda, Cervatos y las iglesias de Santa María de Piasca, de Bareyo,
etc. (12). Del gótico hay ejemplares dignos,
construidos sobre todo en las villas de la costa que florecieron por
su comercio marítimo a partir del siglo XIII (13).
Estas son las iglesias de Castro Urdiales, Laredo, Santoña, Santander
y San Vicente de la Barquera. Un nuevo impulso constructor de iglesias
se registra en el siglo XVII, cuando la futura diócesis santanderina
se distingue por el número y calidad de sus maestros canteros,
imagineros, tallistas, doradores y campaneros, que no sólo se
contentan con poblar su país de espléndidas iglesias, sino que aceptan
contratos de trabajo en toda España y destacan por el valor
extraordinario de sus obras (14).
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La construcción administrativa de la Iglesia en Cantabria |
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Digamos ahora algo sobre la situación administrativa eclesiástica
de Santander hasta la erección del Obispado. En el siglo VIII se crea
la diócesis de Amaya, ciudad cántabra bastión fronterizo por el sur,
situado cerca de Alar del Rey, que debió ser una especie de capital
del país, desde que Julióbriga fue incendiada a principios del siglo
V. Posiblemente la ciudad, materialmente, se hallaba entonces
destruida a causa de su crítica situación geográfica en la lucha
contra el Emirato de Córdoba, pero, ello no era obstáculo, ni en ésta
ni en otras ocasiones, para que aun así las ciudades figuraran
nominalmente como capitales o sedes episcopales (15).
A principios del siglo IX había ya desaparecido la diócesis
cántabra de Amaya, que teóricamente abarcaría todo el territorio de la
vieja Cantabria, aunque en la práctica el número de obispos de otras
sedes españolas "in partibus infidelium" refugiados aquí, debía crear
un complicado problema jurídico, cuyos términos precisos no se nos
alcanzan. Por entonces la diócesis de Santander se hallaba repartida
entre las sedes siguientes: Oviedo, fundada en el 802, que abarcaba
también las Asturias de Santillana, es decir, la zona occidental de la
actual provincia hasta la ciudad de Santander; Valpuesta, en el
partido de Villarcayo, fundada en el 804, que comprendía la parte
oriental de la provincia, así como Campoo y Valderredible (16);
la región de Liébana y Polaciones debió pertenecer temporal e
indistintamente a las viejas diócesis de Osma y Palencia ya la de
León, fundada en el 792. En el siglo XI, a la muerte de Fernando I, la
futura diócesis santanderina se hallaba dividida entre Oviedo, que
mantenía sus mismas posiciones territoriales; la diócesis de Nájera,
que había sustituido ala de Valpuesta en las suyas, al pasar a
depender aquellos territorios del reino de Navarra (17);
la diócesis de León, que retenía firmemente Liébana, y de nuevo
Palencia, restaurada en 1035, que absorbía la zona de Polaciones y
algunas iglesias de Liébana. El rey de Castilla Sancho II pretendió
unificar estos territorios desde el punto de vista eclesiástico,
adjudicándolos ala de nuevo restaurada sede de Oca. Por esto surgió un
largo pleito entre los Obispos de Oviedo y Burgos, Obispado este
último que a partir de 1075 absorbe y sustituye a Oca (18).
León y Palencia quedaron en tranquila posesión de sus dominios
cántabros hasta el siglo XX.
El pleito por Santander entre Oviedo y Burgos duró más de un siglo
y se vio enconado por el hecho de pertenecer ambas sedes a dos reinos
distintos: León y Castilla (19). Por fin, en 1184,
reunidos en Burgos ambos reyes, Oviedo cedió a Burgos sus derechos,
mediante una importante compensación de carácter económico.
De nuevo surgirá un largo pleito por cuestiones territoriales
eclesiásticas, pero esta vez será entre la ciudad de Santander y el
Arzobispado de Burgos, por pretender aquélla erigirse en diócesis
independiente. La cuestión se inicia en el siglo XVI, durante el
reinado de Felipe II y no se concluye hasta el siglo XVIII, siendo rey
Fernando VI (20). Felipe 11, Felipe III y Felipe
IV presentan instancias a Roma solicitando la desmembración de los
territorios llamados las Montañas Bajas y la creación de una nueva
sede en la villa de Santander. Por entonces, los arzobispos burgaleses
apoyaban la iniciativa, no así el Cabildo Catedralicio; pero a partir
del reinado de Carlos II, tanto los prelados como todos los estamentos
burgaleses se opondrán insistentemente a la división. La historia de
visitadores, informantes, sopesamiento de las razones, es muy larga y
no culminará hasta que un montañés famoso, el jesuita P. Rábago llegue
a ocupar el puesto de confesor de Su Majestad. A sus instancias
Fernando VI urgió de nuevo la cuestión a Roma a través de su embajador
Puertocarrero. Por fin, el 12 de diciembre de 1754, Benedicto XIV
publicaba la bula "Romanus Pontifex" por la que Santander se
constituía en cabeza de Obispado. Este abarcaba la costa y la
cordillera desde el Deva al Nervión, comprendiendo algunos valles que
mucho después pasaron a Oviedo en lo eclesiástico y en lo civil, como
Peñamellera, Rivadedeva, y, por supuesto, las Encartaciones de Vizcaya
hasta la ría de Bilbao, que permanecerían como santanderinas hasta la
creación de la diócesis de Vitoria en 1851. Por el interior, los
límites con Burgos se fijaban en la divisoria de aguas de la
cordillera, con lo que Reinosa y SU zona quedarían aún retenidas por
Burgos hasta 1956. Lo mismo habría de suceder con los enclaves de León
y Palencia, dándose el caso paradójico de que el pueblo natal del
Padre Rábago, Tresabuela de Polaciones, quedaría fuera de los límites
de la nueva diócesis santanderina, cuya creación a él se debía.
La villa de Santander, a pesar de la "densidad de población, el
incremento del comercio y de otras cualidades que le completan" -como
diría el Papa- no era en realidad por entonces más que un villorio de
apenas 2.300 habitantes, aunque en el siglo XV su población, había
sobrepasado los 10.000.
La vieja "abadía de los Cuerpos Santos" se convirtió en la nueva
catedral y la "noble y leal" villa dejaba oficialmente de serlo por
obra y gracia del P. Rábago y decreto del rey, con fecha 9 de enero de
1755, para convertirse en ciudad: "En consecuencia de esta mi Real
Resolución mando a todos ya cada uno de Vos los sobredichos que la
hayáis y tengáis por tal y la llaméis ciudad, así por escrito como de
palabra". Todo lo demás vendría como consecuencia: la apertura del
comercio libre con América en 1778, la creación del Real Consulado de
Santander en 1785 y finalmente, la erección en capital de provincia,
con lo que la posterior grandeza de esta ciudad asienta sus raíces en
la fundación de su Obispado (21). |
| Notas |
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(1) GONZALEZ ECHEGARAY, J. Los Cántabros, Edic.
Guadarrama, Madrid 1966. Arriba»
(2) Carm. II, 6, 2. Arriba»
(3) BARBERO, A. y M. VIGIL, Sobre los orígenes
sociales de la Reconquista, Ariel, Barcelona 1974.
Arriba»
(4) GARCIA Y BELLIDO, A.; FERNANDEZ DE AVILES,
A.; MONTEAGUDO, L. y P. VIGIL, Excavaciones en Julióbriga y
exploraciones en Cantabria (Campanas 1953-1956). Archivo Español de
Arqueología 93-94 (1956): 131-199. Arriba»
(5) GARCIA Y BELLIDO, A. GONZALEZ ECHEGARAY, J.,
Tres piezas del Museo Arqueológico Provincial de Santander, Archivo
Español de Arqueología 76 (1949): 241-247. Arriba»
(6) De Viris llIustribus, III.
Arriba»
(7) GONZALEZ ECHEGARAY, J. Orígenes del
Cristianismo en Cantabria, Institución Cultural de Cantabria,
Santander 1969. Arriba»
(8) ESCAGEDO SALMON, M. Crónica de la Provincia
de Santander, Tomo I, Santander 1919. Instituto Enrique Flórez,
Diccionario de Historia Eclesiástica de España, Vol. III. Madrid 1973.
Cfr. Monasterios. Arriba»
(9) SANCHEZ ALBORNOZ, D., España un enigma
histórico, 2ª Edic. Sudamericana, Tomo I. Buenos Aires 1962.
Arriba»
(10) GONZALEZ ECHEGARAY, J.; CARRION IRUN, M., y
PEREZ DE REGULES, A, Las iglesias rupestres de Arroyuelos y Las
Presillas, Altamira (1961); MADARIAGA DE LA CAMPA, B., Notas acerca
del origen de las iglesias rupestres. Altamira (1968-1971): 153 y 55.;
CARRION IRUN, M. y GARCIA GUINEA, M. A., Las iglesias rupestres en la
época de repoblación en la región cantábrica, Congreso Luso-Espanhol
des Estudos Medievais, Cámara -Municipal de Porto, 1968.
Arriba»
(11) CARRION IRUN, M., El Pre-románico en
Santander, en "La Edad Media en Cantabria". Institución Cultural de
Cantabria, Santander 1973, pp. 37-57. Arriba»
(12) ORTIZ DE LA TORRE, E., Arquitectura
religiosa, Madrid 1926; GARCIA GUINEA, M. A., Un esquema del arte
románico en Santander, en "La Edad Media en Cantabria", Institución
Cultural de Cantabria, Santander 1973, pp. 73-108.
Arriba»
(13) ALAVA AGUIRRE, J. M., El gótico en la
Montaña, en "La Edad Media en Cantabria", Institución Cultural de
Cantabria, Santander 1973, pp. 149-185. Arriba»
(14) SOJO Y LOMBA, F., Los maestros canteros de
Trasmiera, Madrid 1935; GONZALEZ ECHEGARAY, Mª del Carmen, Documentos
para la Historia del Arte en Cantabria, Institución Cultural de
Cantabria, 2 tomos, Santander 1970 y 1972; PEREDA DE LA REGUERA, M.,
Alejandro Gargallo, Biblioteca de Autores Montañeses, Santander 1951 ;
Rodrigo Gil de Hontañón, B. A. M., Santander 1954.
Arriba»
(15) GARCIA VILLADA, Z., Historia Eclesiástica
de España, Madrid 1929-1936, Tomo II, 1ª parte. Arriba»
(16) SERRANO, El Obispado de Burgos y Castilla
Primitiva desde el siglo Val VIII, Madrid 1935. Arriba»
(17) PEREZ DE URBEL, J., Historia del Condado de
Castilla, 2ª Edic., Madrid. Arriba»
(18) GONZALEZ ECHEGARAY, J., Orígenes del
Cristianismo, citada. Arriba»
(19) ESCAGEDO SALMON, M., Vida monástica en la
provincia de Santander, Tomo 1, Liébana y Santillana, Torrelavega
1918. Arriba»
(20) LODOS, F., Los orígenes de la diócesis de
Santander, Miscelánea Comillas 1 (1942): 395-439; MANSILLA D., El
Obispado de Santander, Hispania sacra 4 (1951): 81-130; DE LA HOZ
TEJA, J., Laboriosas gestiones para la erección del Obispado de
Santander , Altamira (1954): 90-105; LODOS, F., La creación del
Obispado de Santander, Altamira (1955): 109-242. Arriba»
(21) Sobre la historia de Santander en aquella
época pueden ver: MAZA SOLANO, T., Cuando Santander era una villa,
Altamira (1955): 36-82; SIMON CABARGA, J., Perfil histórico-
anecdótico de la ciudad, Altamira (1955): 83-108; BARREDA, F., El
engrandecimiento de la ciudad y el Real Consulado Santanderino,
Altamira (1955): 243-287. Arriba» |
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