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Mártires por su fidelidad a Jesucristo y a la Vida monástica

Hace exactamente una semana vivíamos con gozo la Beatificación de diez y ocho Siervos de Dios pertenecientes a la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia. Los monjes mártires de Viaceli (Cóbreces, Santander) y las monjas mártires de Fons Salutis (Algemesí, Valencia) pertenecen ya al patrimonio espiritual de la Iglesia universal, de la diócesis de Santander en la que fueron martirizados la mayoría de ellos y en la que han sido beatificados y de la Orden del Císter. Constituyen incluso un bien para la humanidad.

Corifeo de este grupo de monjes mártires es el P. Pío Heredia, nacido en Larrea (Álava) el 16 de febrero de 1875. Ingresó en el monasterio de Val San José, en Getafe, cerca de Madrid, durante su adolescencia y emitió la profesión solemne en 1897 y fue ordenado sacerdote el 18 de marzo de 1899. En el seno de la comunidad desempeñó varios cargos y fue maestro de novicios y prior claustral. Después se trasladó al monasterio de Santa María de Viaceli, y allí con sus hermanos monjes, completamente ajenos a las cuestiones políticas, fue víctima de la persecución.

El 8 de septiembre de 1936 los Siervos de Dios Pío Heredia y compañeros fueron obligados a abandonar su monasterio, fueron encarcelados y sufrieron insultos y vejaciones. Algunos días después fueron liberados. Pero, en el espacio de pocas semanas, con el pretexto de hacer indagaciones sobre la proveniencia de sus medios de mantenimiento, fueron nuevamente arrestados en dos grupos diferentes y fueron asesinados el 3 y el 4 de diciembre. La causa de su muerte fue la de identificarse –exclusivamente- como cristianos y religiosos. La fe motivó su arresto y su ejecución, con el agravante de una búsqueda de dinero por parte de los perseguidores. Los nuevos Beatos sabían muy bien el grave peligro que corrían y vivieron su consagración hasta el  derramamiento de la sangre. Una fe clara, una caridad sincera y una esperanza inquebrantable les brindaron fortaleza para vivir hasta las últimas consecuencias su fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Jamás renegaron de su condición de religiosos y se prepararon conscientemente para caminar, pasando por la muerte, al encuentro de su Señor.

Después, fueron llevados a bordo de una barcaza fuera de la bahía de Santander y tras coserles la boca con alambre porque “iban rezando”, fueron arrojados al mar con pesados lastres atados a los pies. Otros miembros de la comunidad, algunos días más tarde, corrieron la misma suerte y fueron torturados y asesinados. El más joven de los mártires contaba 20 años (había varios en el grupo con menos de 25 años) y el mayor, con 68.  Como ha escrito el papa Francisco en la Carta apostólica en que los declara beatos: “estos han dado su vida como mártires, permaneciendo fieles a Cristo y a su profesión monástica”

Los mártires nos enseñan el amor a la Verdad

El testimonio de estos mártires, que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte”,  ilumina e inspira nuestro momento histórico. Los mártires nos enseñan el amor a la Verdad frente al relativismo y al fundamentalismo de nuestros días. Frente al ‘todo vale’ y frente al ‘nada importa’, nuestros mártires nos recuerdan que hay ideales que son demasiado grandes como para regatearles el precio a pagar por ellos. Porque ellos sabían muy bien que “tu gracia vale más que la vida” El martirio nos indica dónde se encuentra la verdad del hombre, su grandeza y su dignidad, su libertad más genuina y el comportamiento más verdadero y propio del hombre que es inseparable del amor: por ello, el martirio es una exaltación de la perfecta «humanidad» y de la verdadera vida de la persona. Los mártires son testigos de la fidelidad del hombre a su conciencia bien formada como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina.

Por todo esto la Abadía de Santa María de Viaceli, la Iglesia que peregrina en Cantabria y el valle de Mena y la Iglesia universal nos alegramos de que estos nuevos beatos enriquezcan el patrimonio espiritual de toda la Iglesia y constituyan un bien para la humanidad.

Los mártires de todos los tiempos, y también los del siglo XX, muestran la vitalidad de la Iglesia y constituyen la encarnación del Evangelio de la esperanza. Son para la Iglesia  y para la humanidad entera como una luz, la luz de Cristo, que disipa las tinieblas de nuestro mundo.
La condición martirial de la vida cristiana: Un nuevo modo de martirio.

Si Tertuliano pudo decir que “el martirio es la mejor medicina contra el peligro de la idolatría de este mundo”, nosotros podemos decir que la condición martirial de la vida cristiana es la mejor medicina contra la tibieza y la secularización propias del momento actual. La condición martirial de nuestra vida cristiana nos tiene que llevar a renunciar con alegría a todo aquello que supone no sólo infidelidad, sino ambigüedad en las opciones de fe, tibieza en el amor, falta de identificación espiritual y práctica con Jesucristo muerto y resucitado. Nada nos puede detener en nuestro camino de identificación con Cristo. Todo cristiano puede decir con San Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?, ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez, ¿el peligro?, ¿la espada?… En todo esto vencemos por aquel que nos ha amado” (Rom. 8,35.37).

“El precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio –decía el papa Benedicto XVI en su viaje apostólico al Reino Unido- ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, no obstante, quienes proclaman la fe con fidelidad en los tiempos actuales, no pocas veces deben pagar otro precio que es ser excluido, ridiculizado o parodiado”. Nos muestra así el Papa un nuevo modo de martirio, incruento pero doloroso, ya que hoy día la sociedad laicista tiene tal fuerza que es capaz de destrozar la vida de una persona o de un colectivo, creando una atmósfera de rechazo y desprecio difícilmente soportables. Lo más triste es que esto sucede la mayoría de las veces sin ningún fundamento en la realidad. No debe sorprendernos que éste sea el camino martirial que la Iglesia Católica debe recorrer en los tiempos actuales, pues casi todos los días aparecen multitud de noticias que pretenden que los fieles y la sociedad entera pierdan la confianza en la dimensión sobrenatural de la Iglesia. Por esto precisamente es el momento de la fe robusta y auténtica. No podemos dejar de actuar por miedo al juicio del mundo, máxime cuando sabemos que ese mundo odia a Cristo y todo aquello que le sirve como instrumento. Si queremos ser fieles a nuestra identidad cristiana, debemos seguir los dictados de nuestra conciencia bien formada.

Los mártires nos enseñan a ser testigos de Jesucristo vivo y resucitado con todo coraje y valentía, a ahondar en la comunión con todos los cristianos que hoy sufren persecución y martirio a causa de su cristiana, a valorar la vida consagrada y más concretamente la Vida contemplativa y, por fin, a vivir la vida de cada día. No podemos apoyarla en valores efímeros, sino en los valores sólidos que perduran: el amor de Dios por encima de todas las cosas, la fortaleza de la fe, la firmeza del amor a los demás y la seguridad de la esperanza en la vida eterna.

Demos gracias a Dios por el valiente testimonio de estos mártires en medio de su fragilidad. Que ellos nos ayuden a vivir nuestra fe con audacia en este momento de la historia. En ellos se ha demostrado que el amor es más fuerte que la muerte. Nadie podrá impedirnos amar hasta dar la vida por el Señor y por los hermanos. Si nos sentimos orgullosos de esta herencia no es por deseo de revancha hacia los perseguidores, sino para que quede de  manifiesto el extraordinario poder de Dios, que sigue actuando en todo  tiempo y lugar. Ojalá el testimonio de estos mártires sea semilla de nuevas vocaciones para los monasterios cistercienses, para nuestra diócesis de Santander y para la Iglesia universal

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

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