DOMINGO 2º DE CUARESMA (17 de marzo)

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Escuchar y acoger la Palabra

En aquel tiempo Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de resplandor. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: ‘Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. No sabía lo que decía. Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube. Y una voz desde la nube decía: ‘Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle’. Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie lo que habían visto”.  (Lucas 9, 28-36)

Iluminar la palabra

Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Va transcurriendo la Cuaresma. Tiempo de mirar, contemplar, escuchar a Jesús, su vida pública, su modo de vivir la misión. Este domingo nos trae la invitación explícita del Padre: escuchadle, porque este es mi Hijo escogido, el elegido. Son las palabras que oyeron Pedro, Juan y Santiago, son las palabras que hoy escuchamos cada uno de nosotros, cristianos del siglo XXI. Puestos los ojos en Él, como leímos hace unos domingos, vamos a ir descubriendo el camino de su misión, cómo Jesús actúa y cómo Jesús habla.

Jesús elige, para subir al monte, a tres de sus discípulos. Parece que son aquellos que tenían más dificultad para entender que la misión ha de pasar por la cruz, por la prueba (primer domingo de cuaresma). Toda la escena nos invita a intuir la condición divina de Jesús, el Hijo escogido por Dios.

Orar y contemplar la Palabra

Contemplar a Jesús como Hijo escogido, amado, predilecto del Padre. Intento buscar un lugar apropiado para orar. Subo al monte. Hago silencio. Pongo los ojos en Jesús. Contemplo.

Reproduzco la escena en mi interior: el monte, los tres discípulos, el resplandor, el rostro divinizado de Jesús.

Puedo en este momento encender una vela como signo de esa presencia de Jesús y quedarme en silencio, a la escucha. Él está presente.

Doy gracias al terminar este momento de oración y concluyo diciendo: Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Presentes los tres en este acontecimiento del monte.

Actuar desde la Palabra

Puedo durante esta semana practicar la escucha, acercándonos al corazón del otro, con calma, sin prejuicios: escuchar el mensaje que todo ser humano nos puede comunicar.