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♦ Texto para la oración

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: ‘Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. Pero Abrahán le contestó: Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros. El rico insistió: Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento. Abrahán le dice: Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen. El rico contestó: No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’ (Lucas 16, 19-31)

♦ Comentario al texto

Seguimos con la lectura del evangelio de Lucas que continúa en la misma línea: poner en evidencia a dónde conduce el uso egoísta de la riqueza y la ofuscación a la que conduce. El rico no ha sabido escuchar más que a su lujo y a su estómago. Nos presenta a las dos figuras en dos niveles distintos: arriba y abajo. Lo de abajo es invisible para los de arriba. La parábola advierte cómo la riqueza produce ceguera y hace insensible e impide ver a las personas y entender las escrituras. Es esta una imagen de nuestro mundo, con una pequeña parte que nada en la abundancia ajena a todo lo que pasa a su alrededor y una masa de personas hundidas en la miseria e ignoradas de casi todos. Puedo caer en cuenta de la actualidad que tiene esta Palabra que nos regala el evangelista Lucas.

♦ Oración con el texto

Comienzo la oración haciéndome presente a la escena, situado entre estos dos personajes que nos ofrecen dos escenarios distintos y contrapuestos a lo largo de toda la lectura.
Pido la comprensión de la Palabra y saber actuar a la luz de ella. Presento al Señor mis deseos de saber mirar la realidad desde abajo, no estar ciego y sordo a lo que pasa en mi entorno.
-El Evangelio me fuerza a reconocer el problema más serio que tiene planteado nuestro mundo: el abismo entre riqueza y pobreza. La pobreza no es algo indeterminado; el pobre tiene nombre, es visible para quien no quiera cerrar los ojos. ¿Qué situaciones conozco yo? ¿Cuántos hombres y mujeres como Lázaro se cruzan en mi vida? ¿Qué actitud tomo? ¿Soy capaz de abrir los ojos y mirar al pobre concreto, de intentar responder a su llamada?
-La Palabra de Dios, la ley y los profetas nos señalan constantemente el lugar donde se juega la existencia: el otro, el hermano, el pobre.
-¿Mi corazón está abierto a esta revelación o lo tengo embotado por los propios intereses?
-¿Escucho el lamento de tantos hermanos que esperan compasión? ¿Qué parte de lo que tengo (tiempo, cualidades, medios…) dedico a los que me solicitan ayuda?

Termino este encuentro con Jesús sintiendo la fuerza que tiene la oración del Padre nuestro.

Padre nuestro, Padre de todos,
abre nuestros oídos y nuestro corazón
al grito del que sufre la pobreza y la miseria.
Que yo cumpla tu voluntad del amor sin fronteras.
Y danos tu pan, nuestro pan, el pan de todos
para que podamos celebrar juntos el banquete del Reino.
AMEN

En el Año de la Misericordia

Caminemos en el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor para nuestros hermanos, especialmente para los más débiles y los más pobres, construyamos para Dios un templo en nuestra vida.
(Papa Francisco. Ángelus, 8 de marzo de 2015)

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