Homilía Ordenación Presbíteros

37

LA MIRADA DEL VERDADERO PASTOR

Homilía en el 3 Domingo TO. Ordenación presbiteral de José María González de las Herranes Weh y Juan Cáceres Cabrero, S. I. Catedral Basílica de Santander 21.01.2018.

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos José María y Juan, familiares y amigos suyos especialmente los que habéis venido de parroquias lejanas:

 

  • Una mirada de ternura

 

“Jesús vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón… y vio a Santiago y a su hermano Juan”. La mirada de Jesús es atenta, se para y se fija, llama y escoge. El origen de vuestra vocación está en haber sentido posarse sobre vosotros la mirada amorosa de Jesús. El primer paso siempre lo da El. No somos nosotros los que hemos visto al Señor, es El quien nos ha mirado a nosotros porque nos llevaba ya en su corazón.

La única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, es la debilidad omnipotente del amor divino, es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia. Que vuestra mirada refleje la ternura de Dios. Sed sacerdotes de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. Vigilad para que vuestras miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad. No os dejéis corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los que ponen su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales. Nuestra fuerza es la «columna de fuego» que rompe dividiendo en dos partes el mar, sin hacer grande rumor (cf. Ex 14,24-25).

En vuestras miradas, el pueblo tiene derecho a encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf. Jn 20,25), de quienes viven habitualmente con El. Esto es lo esencial. No perdáis tiempo y energías en las cosas secundarias. No os dejéis arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias. A nosotros, ministros de Dios, nos basta la gracia de «beber el cáliz del Señor», el don de custodiar la parte de su heredad que se nos ha confiado, aunque no seamos dignos de tal encomienda. Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él suenan a retórica vacía.

Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de los jóvenes, de amarlos y de captar lo que ellos buscan, con aquella fuerza con la que muchos como vosotros han dejado barcas y redes sobre la otra orilla del mar (cf. Mc 1,17-18), para seguir al Señor descubierto como la verdadera riqueza (cf. Mt 9,9).

  1. “Convertíos y creed en el Evangelio”

Cristo nos invita en el Evangelio a la conversión. Todo comienza por la conversión, cambiar la mente y el corazón. Sólo escuchar la llamada amorosa de Jesús puede dar un vuelco a nuestras vidas. Vosotros lo habéis experimentado. Nuestro tiempo requiere atención pastoral a las personas y a los grupos, que esperan poder salir al encuentro del Cristo vivo. Solamente una valerosa conversión pastoral de nuestras comunidades puede buscar, generar y nutrir a los actuales discípulos de Jesús (cf. Documento de Aparecida, 226, 368, 370).

Os ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas. Y no tengáis miedo a cansaros en la tarea de evangelizar y de ayudar a vuestros fieles a profundizar la fe. Porque es un cansancio gozoso. Con vuestras palabras y sobre todo con  vuestras vidas

anunciad al Dios cercano, al Dios familiar, próximo y condescendiente, capaz de acercarse y rebajarse hasta ponerse a nuestra altura.  Sólo una Iglesia que sepa mirar el rostro de los hombres que van a llamar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y, precisamente, este encuentro se realiza en nuestro corazón de Pastores.

  1.  “Os haré pescadores de hombres”

Dejarse hacer por Jesús es lo que caracteriza al auténtico discípulo. Pedro y Andrés, Santiago y Juan sabían pescar peces. Lo habían hecho toda la vida. Ahora el Señor les cambia el oficio y también el corazón. Ganar a los hombres para Dios es la misión del sacerdote. Ser pescador de hombres.

La respuesta positiva a la llamada del Señor comporta desprendimiento, hay que dejar redes y barcas. El discípulo siempre tiene que dejar algo si quiere seguir al Señor, pero lo más importante no es lo que abandonamos, sino lo que alcanzamos. No pensemos en lo que perdemos, sino en lo que ganamos. La amistad con Jesús, la vida con El, participar con El en la “dulce y confortadora alegría de anunciar el Evangelio”, bien merece la pena. “Tu gracia vale más que la vida”, decimos hoy con el salmista. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes servidores y custodios de la unidad edificada sobre la Palabra del Señor, alimentada con su Cuerpo y guiada por su Espíritu, que es el aliento vital de la Iglesia. Se necesitan testigos del Señor. Cristo es la única luz. Es el manantial de agua viva. De su respiro sale el Espíritu, que despliega las velas de la barca eclesial. En Cristo glorificado encended junto al presbiterio del que hoy empezáis a formar parte, vuestra la luz, colmaos de su presencia que no se extingue; respirad a pleno pulmón el aire bueno de su Espíritu.

Al mismo tiempo que damos a gracias a Dios por los nuevos presbíteros que hoy enriquecen nuestra Iglesia diocesana, pidamos al Señor las nuevas vocaciones que necesitamos. El Señor sigue llamando: ayudemos a nuestros jóvenes a escuchar su llamada y a responder positivamente.

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander