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Reproducimos un artículo publicado en la web Alfa Y Omega, escrito por Rosa Cuervas-Mons.

EN CAIDA LIBRE

El caso ocurrió hace un año, pero ha salido ahora a la luz. Holanda, paraíso de la ingeniería social, aprobó la eutanasia de una joven de 20 años, víctima hasta los 15 de abusos sexuales. Los médicos, que le diagnosticaron anorexia severa, depresión, alucinaciones e impulsos suicidas, aseguraron sin embargo que la joven era tan dueña de sí como para solicitar la eutanasia. Y la mataron.

Hace años, cuando Europa debatía las leyes de la mal llamada muerte digna, quienes alertaban del peligro que suponían y recurrían a la Teoría de la Pendiente Resbaladiza o Slippery Slope para tratar de frenar el homicidio legal eran tachados, como mínimo, de agoreros, alarmistas y fanáticos provida. Ahora, con una década de leyes proeutanasia a nuestra espalda, el caso de la joven holandesa es claro ejemplo de la que la pendiente existe y que, más que resbalar, va derechita al precipicio.

Miren las cifras: Bélgica autorizó 259 eutanasias entre septiembre de 2002 y diciembre de 2003. El número creció hasta 349 un año después. En Holanda, donde se legalizó la eutanasia para enfermos terminales, luego para crónicos, después la eutanasia no voluntaria y finalmente la practicada en pacientes con sufrimiento psicológico y recién nacidos con discapacidad, se practican 5.000 muertes programadas al año. El número anual de suicidios asistidos por desórdenes mentales ha pasado de 13 a 56, y subiendo.

Más allá de los números, el problema reside en la mentalidad de quienes permiten que el grito de socorro de una joven con la vida rota por el dolor de unos abusos sexuales mantenidos durante años, el «no puedo más» de quien está desesperado, se convierta en cheque en blanco para un billete sin retorno. Decía el filósofo Robert Spaemann que «una vez legalizada la eutanasia, vivir cuando se está enfermo o se sufre ya no es un hecho, sino una elección que en cuanto tal debe estar justificada». Y, ¿cómo se elige vivir cuando se está en el borde del precipicio y se sospecha que los de alrededor están deseando empujarte?

Cuando la sociedad, en lugar de asistir al débil, se cuelga la medalla de la misericordia poniendo una pistola en su mano, no estamos en una pendiente. Vamos en caída libre hacia el vacío.

Rosa Cuervas-Mons

Enlace al artículo original

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